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El mito del abusador abusado

Por Eva Giberti *

Para la autora, “la tesis de la repetición compulsiva, que practicaría el violador, carece de toda ingenuidad”, ya que a través de ella “se pretende fundar una política que alivie la responsabilidad de quien delinque contra niños y niñas”.

En materia de abuso sexual –palabra que abarca violaciones,incestos, exhibicionismos, manoseos y otros ataques a la integridad sexual de la niñez– se ha creado una cartografía plana, sin registro de los obstáculos epistemológicos existentes. Se instituye como medida única y es plana porque quienes la aplican reiteran una monótona repetición: 1) sintomatología de las víctimas: enuresis, trastornos del sueño, y otros; 2) los efectos en el futuro de las víctimas; 3) la relación de las víctimas con sus familias.
La tendencia clasificatoria, tan cara a la antigua retórica –aquellos que se ocupaban más de rotular que de analizar–, diferente de la necesidad de clasificación cuando la metodología la demanda, se aplica hoy en día como amparo metodológico que limita aperturas originales respecto de las enunciaciones que internacionalmente han sido avaladas. ¿Qué motivos pueden existir para proceder profesionalmente de este modo? Una respuesta podría estar a cargo de autores que estudian la narrativa: “¿Acaso no es el lector que requiere la posmodernidad, un lector no creador sino ‘reciclador’ de sentidos predeterminados?”. Al margen de esta crítica, quienes reiteran la clasificación por estimarla necesaria para su planteo y luego escriben páginas que incorporan criterios eficaces.
No se advierte el agotamiento de la palabra abuso, resultado de haber creado una aplicación semántica que pretende ser un concepto sin hacerse cargo de su etimología, abuso es una palabra que se refiere exclusivamente al uso de cosas, objetos. Si le añadimos deshonesto quedamos diciendo uso deshonesto de los objetos.
Si hablamos de violación
Los parámetros del sistema sexo/género quedan eludidos cuando hablamos de violación, ya que cualquier sexo puede ser violado. Pero los violadores son prioritariamente varones. Entonces, cuando decimos violación, la palabra arrastra consigo la imagen del varón, subrayando la figura masculina (también hay mujeres que violan. ¿Cuál es su porcentaje estadístico?). Si decimos abuso sexual, omitimos la figura masculina ya que el arrastre semántico es como si dijéramos: “Y… abuso sexual es menos que violación… ‘sino también’ no queremos enfrentarnos con la presencia del violador (habitualmente el padre, el abuelo o el hermano)”. Como afirma J. A. Cuddon en su ensayo sobre el sensualismo “existe una participación afectiva o empatía del lector ante el texto”.
Para la organización patriarcal propia de la canónica del Derecho, abuso sexual es aliviante respecto de violación. Siempre permite la aparición de la tangente que sostiene: “No se puede hablar de violación porque la penetración en esa niña de siete años no fue total; el ingreso peneano no trascendió la zona vulvar donde se produjo la emisión espermática”.
La tangente siempre se diseña en favor del violador de modo tal que pueda eludirse la palabra violación acompañada en el imaginario social por la figura del victimario. De ese modo se pueden deconstruir las premisas ideológicas de quienes escuchan que no ignoran quiénes violan pero que ideológicamente eligen no reconocer. Así se recurre a la expresión abuso sexual internacional e hipócritamente avalada. Complemento del agotamiento al hablar del abuso surge el mito del abusador abusado.
¿Por qué el mito?
Porque todo mito es fundador. Se pretende fundar una política que alivie la responsabilidad de quien delinque contra niños y niñas. Carece de toda ingenuidad recurrir a la tesis de la repetición compulsiva, que practicaría el violador, asociándola a la postura de la mimesis, es decir, de la imitación que describió Girard en su planteo del chivo expiatorio, apuntando a una imitación recíproca: el abusador/violador estaría convirtiéndose en el doble de quien lo victimizara, es decir, se busca crear la cadena en la cual ese sujeto sería solo un eslabón repetido y repitente de la cadena en la cual está fatalmente inmerso. A él lo violaron, luego él violará, incluyéndolo de ese modo dentro del circuito determinístico. Recrea a la víctima así como fue creado él. Y sin duda habrá que rastrear al que violó al violador. Finalizaremos en los mitos bíblicos y en los griegos. Si no queremos retroceder alcanza con el Evangelio “(…) quien escandalizare a uno solo de estos pequeños que creen en Mí, más le valdría que se le suspendiese al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno y que fuese sumergido en el abismo del mar”. Quienes sostienen esa tesis de manera determinista –sin que yo desconozca que clínicamente podrían existir situaciones de esa índole, algunas de ellas descriptas en trabajos psicoanalíticos–, quien privilegia este planteo sin contar con su propia experiencia profesional adhiere a la teoría de la creación de un doble; el actual abusador/violador sería el doble de quien lo violó buscando saber qué sintió el victimario cuando lo violó; lo cual lo acercaría a la ritualización de su falta.
Entre las varias teorías
que han estudiado el tema
Teoría psicodinámica: Freud, la del Aprendizaje social (Kelly y Lusk), la teoría psicofisiológica estudiada también por Kelly y Lusk, la teoría sociológica, la teoría feminista, el modelo de Finkelhor, la teoría sobre la normalidad de la pedofilia. La elección del criterio que cuestiono podría deberse al desconocimiento de otras teorías, y también a la transformación de los conocimientos psicoanalíticos en extensiones ilícitas, o sea, se desliza desde una categoría gnoseológica: el delito, hacia lo hermenéutico. Así, al violador se lo ingresa en la categoría de una víctima inicial neutralizando su responsabilidad, por lo tanto, correspondería no judicializar porque el sujeto remitiría a la psicopatología de la repetición.
También podemos pensar que el violador viola por una antigua angustia tramitada desde la infancia y por eso genera rutinas de violaciones para aplacar dicha angustia. Tal vez podría probarse clínicamente. Pero esta angustia deberá resolverla en prisión.
Asociarse a este mito privilegia la posición del abusador/violador como víctima de su memoria encendida que reclama saciar su sed de repetición compulsiva eligiendo otra víctima. Al diagnosticarlo como víctima histórica se ingresa en categoría de la expiación, como si dijera “quedo liberado de la culpa porque a partir de esa victimización que padecí me asiste el derecho de repetir lo padecido”. Esta lógica padece un traspié: si asumimos que estadísticamente las víctimas de violación son niñas y adolescentes mujeres, entonces deberíamos encontrar que la mayoría de las abusadoras y violadoras son mujeres.
Hay algo que no encaja en esa afirmación que ha comenzado a sacralizase afirmando que el violador ha sido un niño abusado. Si fue víctima de abuso durante la infancia, habrá que pensar en términos de situación postraumática para su tratamiento pero no para exculparlo. Podrá disponer de psicoterapia si puede probar que fue violado, pero no de estar en libertad. El lugar del violador condenado es un lugar que también forma parte de una cartografia singular, la que transitan fiscales y jueces preocupados por las garantías de ese sujeto. Por ese motivo, la lectura de los expedientes que se ocupan de estos delitos exhiben una nutrida nómina de preguntas destinadas a las víctimas que transparentan la tendencia a dudar de cualquier palabra que emitan los niños y las niñas.
La postura que propone que el violador comenzó por ser él mismo sujeto de violación durante la niñez se instituye y se utiliza excediendo el refinamiento necesario para construir un diagnóstico diferencial que considere los atenuantes de su responsabilidad. Aparece hoy asociado al denominado “backlash”, o sea al contraproyecto que desafía negativamente a las decididas reacciones de las madres que denuncian la victimización de sus hijos y se organizan reclamando justicia.
Cuando al abusador/violador no se lo considera responsable sino que se lo convierte en una víctima se busca crear una situación en la que “una cosa ocupa el lugar de la otra” o sea, se inventa un símbolo. El violador pasa a simbolizar su propia historia como víctima. Pero son sujetos que desconocen la ley y están ajenos a una relación respetuosa con los vínculos sociales.
Al introducir el mito del abusador abusado se genera tendencia cercana a la espiritualización del diagnóstico: “No busquemos culpables, sino entender el discurso del sujeto”.
Sería pertinente informarse de cuáles han sido los estudios psicoanalíticos –que existen– aportados por quienes sostienen esta tesis del abusador abusado y diferenciar tales análisis de los procedimientos en los que intervenimos cuando tenemos una víctima delante. También conviene rastrear las investigaciones realizadas en las cárceles –que existen– y entonces afirmar que, según los violadores cuentan, ellos fueron víctimas. Testimonio que resultará inapelable para quienes precisen sacar conclusiones aliviantes respecto de sus conductas posteriores.
Cuando surge la frase “los violadores fueron niños violados” –que aterroriza a las madres de los niños violados pensando que sus hijos se convertirán en violadores– corresponde preguntarse en qué momento histórico aparece, quiénes la repiten y qué se busca con ella. Cuando en el mundo ha comenzado un fuerte y claro movimiento que propone escuchar las voces de las víctimas y desacatar los enjuagues de los victimarios y de quienes encuentran argumentos para protegerlos.
* Jornadas organizadas por Salud Activa, 8 de noviembre 2008.

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