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Un cuento erotico: sexualidad femenina

Siempre hay una primera vez
Historia de una noche de verano

Por Luis María Aller Atucha

Cuando puso la mano entre las piernas de él y preguntó con el habitual tomo burlón “qué tenés ahí”, supo que no habría retorno. Sintió el pene comenzaba a endurecerse y a engrosar a una velocidad que a ella le seguía llamando la atención. Esta noche no tendría porque ser diferente a otras; tal vez las circunstancias hiciera que fuera especial y mejor.

Había llegado a Pinamar para compartir el fin de semana con sus padres, con quienes pasó la tarde. A la noche aceptó la invitación para cenar con este amigo. Tal vez amigo no fuese la denominación correcta para alguien con quien compartía espacios, proyectos laborales, alguna que otra actividad y, cuando las circunstancias lo permitían (ya que ambos tenían sus vidas encaminadas de manera diferentes), también la cama, donde la pasaban bastante bien.

Ahora que su mano se iba activando y acariciaba ese pene que luchaba por salir del pantalón, percibió que él respondía a su invitación quitando una mano del volante y posándola sobre sus piernas. Un calor agradable subió de sus mulos, se aceleró en el pubis, trepó por sus senos y se instaló en su boca que golosamente buscó la de él. Se besaron con deseo atrasado.

A pesar de estar concentrada explorando con su lengua la otra boca, tomó consciencia que el auto se había detenido en una calle solitaria y oscura. Se desprendió de la boca, abrió los ojos y comprobó que estaban en una zona descampada, donde sólo se veían pinos y calles de arena por las que, a esa hora de la noche, no pasaba nadie.

La cena había transcurrido entretenida. Ellos siempre tenían tema de conversación y además, sabían escucharse. A veces, y esta noche fue una de esas, él asumía atentos silencios que le permitían a ella contarle sus problemas, hablar de sus amigas, de los llamados que había recibido el día de su cumpleaños, desahogarse sobre lo difícil que se le estaba poniendo el trabajo donde no era del todo comprendida y valorada, o contarle sus proyectos de renovar el estudio de piano. Otras veces le tocaba a ella ser la silenciosa interlocutora. Entonces era él quien le hablaba de proyectos (siempre tenía alguno nuevo), de los trabajos que estaba haciendo o por hacer y de los viajes que tenía por delante (alguna vez la invitaba a viajar con él, lo que le gustaba mucho pues sabían cómo disfrutar de la mutua compañía).

Siempre existían motivos para alegrase de estar juntos y buscar la ocasión de hacerlo ya que, por lo general, esos encuentros, que no eran muy frecuentes, terminaban en la cama. Trató de recordar la última vez que lo vio desnudo frente a ella; calculó que habían pasado nueve o diez meses y su deseo se incrementó junto con la mano que sintió se metía bajo su pollera.

Cuando los dedos de él llegaron a su vulva la encontraron húmeda y preparada para lo que pudiera pasar. Trató de reaccionar pero sabía que era tarde. Se asustó; nunca había tenido relaciones sexuales en un auto en medio de la calle, por más que fuera en unas solitarias de arena, cobijada de las miradas ajenas por los pinos. Había tenido escarceos, besos, manoseos, como cualquier chica, pero las cosas no habían pasado de eso. Ahora que su clítoris reclamaba más caricias, comprendió que iba en un camino sin retorno.

Por unos momentos él retiró la mano de su vulva y la empleó para abrirse la bragueta. No pudo resistir y empuñó el miembro que se le ofrecía palpitante y se lo llevó a la boca. Le gustaba hacerlo, gozaba viéndolo gozar y, además, a ella le causaba gran placer por lo que lo mimaba con agrado y maestría; deseaba que en ese momento le retribuyeran de la misma manera, ya que disfrutaba mucho cuando él se quedaba largo tiempo entre sus piernas besando y lamiendo su vulva. Esto de hacerlo en la incomodidad del auto le impedía reclamar lo que tanto la satisfacía y se merecía.

A pesar de que no era el momento adecuado se acordó de sus padres. Las horas que pasaron juntos las habían llenado hablando de familia, nietos y de lo poco que les faltaba para ser nuevamente bisabuelos, lo que los entusiasmaba. Al recordarlos se aterró imaginando qué pasaría si la vieran ahora, con la pollera yo totalmente subida en su cintura y una mano extraña acariciando dulce y agradablemente su clítoris.

Le tensión de los muslos y de la pelvis y el creciente calor acumulado en su vagina, le anunciaron la llegada del primer orgasmo. Antes de comenzar a jadear y proferir el grito contenido y prolongado con que siempre acompañaba sus orgasmos, alejó ruborizada la imagen de sus padres.

Sin que le diera tiempo a recuperarse, él terminó de subirle la pollera y trató de penetrarla.

Nunca había llegado tan lejos; era su primera experiencia de relaciones sexuales dentro de un auto. Se lamentó de que éste fuera tan pequeño, tal vez en uno más grande hubiese sido mejor para la primera vez ya que, las que saben, dicen que una se acostumbra a todo y le toma el gusto. Se relajó y se dejó llevar. Estaba segura que él tendría experiencia en esta clase de aventuras; por algo era casi diez años mayor que ella.

La penetración se dificultaba por la incomodidad del asiento y lo reducido del espacio. El pene le rozaba el clítoris sin penetrarla. La sensación era demasiado excitante como para indicarle el camino correcto. Lo que estaba sintiendo era mucho muy placentero; tal vez su hábito de masturbarse la hacía mucho más propensa a acabar con caricias en el clítoris que con la penetración; aunque gozaba con ambas.

En el momento que todo el cuerpo se tensó e inmediatamente se relajó junto con el grito, él logró su objetivo y en unos pocos movimientos acabó dentro de ella. Le encantaba sentir el semen tibio en el fondo de su vagina.

Ya calmos, se miraron riéndose el uno del otro y mientras ella decía “somos de terror”, pensó que no estaba nada mal para alguien que estaba por ser nuevamente abuela.

Dos buenos orgasmos seguidos a los 52 años.

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