Biblioteca Online

Recuerdos del despertar sexual

El despertar sexual de un adolescente

Monografía realizad por una participante del
Curso de Formación en Dexualidad Humana de AASES
Mayo 2009

En nuestra humana condición, somos seres sexuales desde el momento en que nacemos, y aunque no conscientemente, la exploración sexual (propia y de otros) empieza muy tempranamente.
Tal vez mi relato sea un episodio o capítulo parecido en la vida de muchos…
Mi despertar sexual comenzó cuando me dí cuenta de la forma de mis genitales… tuve mi primera experiencia sexual a través de la masturbación. Descubrí, que acariciándome sentía algo extraño y muy agradable, y comencé a hacerlo mas seguido, cuando se lo comenté a mi mamá, no supo como explicar lo que me estaba sucediendo y me prohibió que lo siga haciendo.
Creo que aunque entré en el mundo de la sexualidad humana demasiado rápido debido a causas hormonales, no considero haber entendido el concepto hasta que llegué a secundaria.
Con mi primer beso (muy importante en la vida de un adolescente) re descubrí mi sexualidad, con un vecino, con quien compartí momentos muy agradables en un intento infantil de ser adulto y hacer algo que no entendía.
Durante mi adolescencia, mediante charlas con mis pares o lo que lograba escuchar de conversaciones de adultos entendí que la sexualidad no era algo bueno, o al menos, no para un adolescente.

En los años siguientes de primaria y los primeros de secundaria empecé a sentir atracción sexual por el sexo opuesto, yo era una adolescente muy tímida, retraída detrás de mis lentes y mi pelo largo, y llena de conceptos virginales.
Tengo que decir, mi primer beso fue uno de los más lindos que he recibido por que, mi besador tenía más experiencia. Yo estaba muy enamorada de él, y jamás había sentido una lengua rozando mi lengua y mis dientes.
A partir de ahí, descubrí un rango de las extensas capacidades de la lengua y el acercamiento emocional con alguien. Ese aprendizaje todavía está conmigo: no es lo mismo dar un beso o tener relaciones coitales con alguien “x”, que hacerlo con alguien a quien se le tiene cariño o se ama profundamente.

Las primeras experiencias sexuales nos enseñan también algo de nosotros, y nos presentan con realidades que a veces no sabemos manejar.

A lo largo de la historia del conocimiento, el ser humano es dividido en dualismos tales como mente-cuerpo e instinto-razón, en los cuales lo corporal e instintivo está ligado con los placeres de la carne y con el pecado. Partes de su cuerpo y prácticas determinadas han sido juzgadas como buenas y puras o malas e impuras, las cuales deben ser controladas. La medicina heredó esta tradición pues ha considerado a la sexualidad como esencialmente riesgosa para la salud y se ha encargado de su control social, sobre todo en grupos subalternos como son mujeres, niños, adolescentes, ancianos y minusválidos. Quienes comparten este concepto cuidan a veces más la honra del himen virginal o la castidad adolescente, que la vida misma del hijo, el paciente o el alumno, como lo ejemplifica mi vivencia que sirve como epígrafe a este párrafo.
La negativa a aceptar la existencia de la sexualidad de los jóvenes y a informar con respecto a la prevención del SIDA no es más que someter a los jóvenes a riesgos innecesarios.
Cuando se habla de sexualidad desde el consultorio o el escritorio, se aborda generalmente su área más aceptada: la reproducción. Y aunque en la definición oficial se hace referencia de la sexualidad plena como objetivo a alcanzar, ningún programa la contempla como tal, pues si bien se habla en el documento acerca del comportamiento sexual, se hace desde la perspectiva del riesgo, es decir, desde la idea de la sexualidad como peligro y no como posibilidad de bienestar y desarrollo.
Las definiciones comunes de adolescencia otorgan a los jóvenes un status social inferior al del adulto, y les niegan voz o voto, derechos políticos o laborales, además de someterlos a la tutela, protección y supuesto buen juicio del estado o la familia. Ser adolescente significa, en nuestra cultura, ser considerado aún incompleto y en transición, o calificado como inmaduro, precoz, inútil, desorientado, perezoso, rebelde, etc. De manera contraria, también se les adjudica a los adolescentes una mágica omnipotencia y felicidad, además de una fuerza física que produce la confusión de pensar que poseen cierta inmunidad frente a las enfermedades.
La educación también se ha transformado a través de la historia y las culturas, sobre todo en cuanto a los servicios de salud. Por un lado, en general se le considera un proceso de modelaje de la personalidad de sujetos pasivos, receptores, poseedores de saberes erróneos y comportamientos de riesgo, lo cual los imposibilita a ejercer su derecho a decidir. Por otro, es frecuente que el acto de educar se limite exclusivamente a la transmisión de información universalizadora y descontextualizada.
Respecto a la sexualidad, se evade con frecuencia la responsabilidad educativa hacia los adolescentes pretendiendo una supuesta “inocencia” -como si las prácticas sexuales los hicieran “culpables”- o considerando que la educación sexual promueve conductas consideradas inmorales o riesgosas. En todo caso, cuando se proporciona alguna educación, se hace generalmente desde posturas poco positivas, pues se reduce la sexualidad a su función reproductiva y su educación a proporcionar información sobre anatomía y fisiología o se le describe como pecado, riesgo de enfermedad y muerte posiciones moralistas que se basan en el miedo.
Planteamientos recientes sobre educación para la salud, en especial para la salud sexual y reproductiva, buscan propiciar en los y las jóvenes la capacidad fundamentada y crítica para tomar decisiones libres y responsables sobre su sexualidad. Sin embargo, ¿cómo podrían los jóvenes ejercer tal derecho si los educamos para la dependencia, la adaptación y la obediencia, con la promesa de un mejor futuro que en realidad se presenta incierto y poco prometedor? ¿Cómo podrá un individuo sumiso enfrentar esta incertidumbre?
Habría que construir formas de relación y educación que permitan a la y el adolescente vivir su sexualidad de manera libre, informada y responsable, sin culpa ni vergüenza, disfrutando en plenitud el erotismo, el pacer y la vinculación afectiva, en un marco de respeto y equidad de género y con las condiciones necesarias para decidir y planear sobre su reproducción y limitar los riesgos de enfermar.
Cuántos pensamientos guardarán en el silencio las y los adolescentes, queriendo gritar sus inquietudes y necesidades a un mundo de adultos sordos, que han olvidado su propia adolescencia y que se muestran incapaces de entender sus luchas diarias por la vida, el amor, el reconocimiento y la libertad.
Muchos de los adultos que organizamos nuestro quehacer educativo y sanitario frente a ellos y ellas, desde rígidos esquemas y conceptos limitados, queremos protegerlos del peligro pero no les ayudamos a vivir en plenitud. Quizás ahora en tiempos del SIDA, de movimientos gay y de luchas feministas, de debates conservadores frente al discurso de la liberación, sea importante que hagamos un alto para pensar, que nos quitemos el velo de la ingenuidad y analicemos detenidamente desde dónde y para qué darles y darnos educación sexual.

“si hablamos de la Sexualidad tal cual es, no enseñamos nada; si orientamos en pautas de enriquecimiento, tal vez logremos algo”. (Goethe)

Debemos mostrar que una sexualidad plenificada y procreación responsable no es solo integración y armonía, es también alegría, gozo y felicidad… es búsqueda de la Plenitud Total… pero también es un trabajo constante. Es educación en y para la salud, es orientación… es comunión entre todos los seres humanos. Es intentar alcanzar una nueva civilización: la del amor solidario, comprometido, responsable.
Esto requiere una seria planificación para la acción. Una acción respetuosa de las limitaciones humanas y, a la vez, proyectos incluyentes, con horizontes, magnánimos. En definitiva, un accionar personalizante y humanizador para todos

Los comentarios están cerrados.