Biblioteca OnlinePerspectiva de Género

Ser persona

Lic. Carmen Secades
Fundadora y ex Presidente de A.A.S.E.S.
Actual Asesora Institucional

La diferencia biológica entre el hombre y la mujer está planteada a nivel cromosómico, genital y fisiológico.
Esta diferenciación se acrecienta cuando se trata de la asignación de roles dependiendo del sexo.
Este modelo biológico es el que impera mayoritariamente en nuestra sociedad e interrelaciona estos dos aspectos de modo determinante. De esta forma se justifica el rol social que nos han asignado a las mujeres mediante la función reproductiva que el sexo impone.
Esta simple relación conlleva, no obstante una serie compleja de actitudes concretas, con sus correlatos comportamentales correspondientes que se extienden y se trasmiten mediante el proceso de socialización.
Si bien no es posible ninguna clasificación lineal en materia humana, la mujer debe entender, comprender y aceptar el siguiente orden ya conocido por todos donde figura en primer lugar el “hogar”, con todo lo que ello implica: limpieza, comida, cuidado del compañero/a, de los hijos, ancianos, enfermos, etc. …y además poseer las actitudes sexuales que ello implica: fidelidad, sumisión, agradecimiento, etc.
Debe además como obligación o por necesidad, acceder al trabajo remunerado, aportar recursos para la supervivencia, ejercer su profesión, ser sostén de familia si la circunstancia así lo exige, ser eficiente y demostrarlo.
O sea convertirse en algo así como una Super-Mujer superando una carrera de obstáculos.
Este cúmulo de situaciones va determinando que las mujeres hayamos descubierto que la tan resonada “Liberación” femenina, totalmente valorable hace casi un siglo, no ha resuelto la mayoría de nuestros problemas y en muchos casos los ha agravado, ya que la educación del varón sigue prefiriendo mujeres inteligentes y destacadas si, pero dóciles y sumisas en todos los casos.
Es así que muchas mujeres reniegan de su condición de ser personas y prefieren quedarse al resguardo del hogar, jugar a las cartas o ir de compras, en lugar de hacer el amor con sus parejas.
Ser mujer también es ser persona.
La rigidez de los roles sexuales, la estereotípica de los modelos femenino-masculino y la perpetuación transgeneracional de dichos modelos, está distorsionando la evolución de los hombres y las mujeres y de todas aquellas personas con diferente elección sexual.
Por otro lado es evidente que detrás de cada investigación científica hay una ideología o sistema de valores que influyen en la misma, sesgando su orientación, objetivos y contenidos.
Los escasos recursos destinados a la investigación en sexualidad y en educación sexual, se contraponen a los miles de recursos dedicados a la fecundación “in vitro”, bancos de esperma, congelación de embriones, etc.
Los científicos varones investigan sobre las mujeres, pero muy poco sobre ellos mismos.
Las mujeres podemos ser utilizadas como conejos de Indias en la investigación y por ello levantamos nuestra protesta por lo que consideramos una manipulación sexistas.
Es esta discriminación en los roles sexuales y su proyección al mundo laboral lo que trae aparejado la consolidación de los valores machistas.
Creemos importante la reivindicación de la igualdad andrógina, en el sentido de poder asumir las características sexuales femeninas que poseen los hombres, las que son cercenadas por la transmisión transcultural de los valores sexuales y que los convierte en seres humanos imperfectos.
Es decir no se trata sólo de que las mujeres seamos iguales a los hombres (modelo de discurso progresista), sino que los hombres y las mujeres podamos parecernos, asemejarnos y ser diferentes, en el camino hacia la igualdad originaria.
En ello hay que destacar la importancia del lenguaje como transmisor de valore sexistas y su necesidad de transformarlos.
Vivimos en el marco de una cultura judeo-cristiana con unos valores de sexo y género que se atribuyen de forma arbitraria a los hombres y las mujeres.
A los hombres los valores masculinos de: virilidad, agresividad, fuerza, inteligencia, rudeza, no emotividad y los valores contrarios: sensiblería, emotividad, coquetería a las mujeres.
De tal manera llegamos a absurdos tan grandes, como si tuviesen la vista menos aguda, al igual que paraguas negros y anchos, los nuestros pequeños y de colores. ! Quizá por el sector que transitan los hombres llueve más copiosamente!…
Estas son discriminaciones arbitrarias de los géneros y del sexo.
Es que todas las personas asimilamos muy fácil no sólo los valores atribuidos a nuestro género, sino también, los valores en negativo del otro sexo, de tal manera que sabemos en qué consiste ser mujer y qué no debe ser.
Esto quiere decir que las mujeres tenemos una capacidad masculina inhibida, reprimida por la cultura, que no implica elección de objeto del mismo sexo, o sí, pero que observamos socialmente cada día más y al que denomino complejo de “Super Mujer”.
Esta distribución de género crea una serie de valores de seducción diferentes para el hombre y la mujer.
Desde la época de la caza el hombre seduce con la fuerza, la mujer con la sumisión y el cuidado de la cría.
Todo ello ha creado una serie de patrones socioculturales que se han transmitido transculturalmente, tal vez admitiendo la existencia de una cierta memoria de especie, reforzada y estereotipada por la cultura.
La sexualidad masculina se ha impregnado de una forma inequívoca de mitos y valores sexuales que mediatizan la vivencia sexual concreta.
Así la conducta sexual del hombre debe justificar la productividad, cantidad de coitos, penes grandes y duros, erecciones fuertes y rápidas… y en el ámbito reproductor la fertilidad infalible, incuestionable.
La mujer pareciera que está cambiando más de prisa que el varón, adaptándose a las profundas modificaciones sociales que la historia reciente de las sociedades modernas.
Por haber sido la más oprimida, tiene más interés en cambiar, puede aceptar con mayor facilidad su parte masculina y es esa fuerzas la que le permite la superación.
Jung nos habla de los arquetipos anima y animus como las dos grandes figuras femenina-masculina que personifican el inconciente de cada persona, es esta alteridad interna la que se traduce en alteridad externa permitiendo el “ser en libertad” y agrega… no se trata de un sentimiento de autocomplacencia y de suficiencia, sino de un conocimiento del sí mismo. Cuando se ha descubierto y hecho conciente la parte del sexo opuesto en su propio ser se conocen mejor las emociones y los afectos.
La igualdad de ser implica igualdad de derechos, que supone compartir y comprometerse recíprocamente en la satisfacción sexual.
El modelo clásico de conducta sexual, en el cual el varón era el único protagonista va desapareciendo lentamente. Aunque todavía hay muchos hombres que no soportan que seamos nosotras las que tomemos la iniciativa, las que demandemos, tal vez por el secreto temor de no cumplir.
Al hombre es a quien más le cuesta asumir su parte femenina., no tolera en cuerpos masculinos el menor atisbo de un gesto femenino o ambiguo. Un gesto ambiguo lleva asociado el estigma de lo condenable y el rótulo despectivo: “Es un marica, o un hombre a medias”.
Si en una mujer aparecen gestos de fortaleza, frialdad o dureza, que indudablemente el medio exige es muy posible que escuchemos: es rara… un marimacho.
De aquí la paradoja: “La Súper Mujer”… pero sin perder las formas siempre femeninas.
Dice Erick Fromm: “Los seres humanos tienen dificultades para amar y expresar el amor, en la medida en que este sentimiento es la capacidad de salir de uno mismo y tener en cuenta al otro, igual a uno”.
Por consiguiente cada día aumentan las dificultades en las relaciones interpersonales y en concreto en las relaciones entre hombres y mujeres. Difícilmente una relación pueda ser armoniosa si el desequilibrio preside su dinamismo.
En muchas ocasiones el varón comienza su relación, o la mantiene con la mujer, a partir de la creencia de su posición superior, como un conquistador frente a un territorio conquistable estableciendo una relación opresor-oprimido.
La represión es un mecanismo que traduce la ideología propia de un sistema social opresivo y que tiende sobre todo al inmovilismo y a la perpetuación del status logrado.
Es usual que aquello que nos asusta, que nos provoca miedo e inquietud tendamos a esconderlo, a marginarlo.
El sexófago tiende a reprimir no sólo su sexualidad sino la del otro, ya que en el otro ve como en un espejo, sus propios impulsos reprimidos.
La represión es por otra parte moduladora y modeladora de la persona, la internalización de la represión impuesta y la adquisición del mecanismo represor, son en cualquier caso perturbadores.
La rigidez en la expresión de los sentimientos humanos más profundos, el bloqueo de nuestras expresiones corporales y sobre todo, ver en el otro un enemigo permanente cuestionan los modelos sexuales.
El varón no se ha podido permitir sentir y expresar algo profundo, ya que lo percibe como peligroso: los hombres no lloran, la capacidad para acariciar, para acercarse a la ternura, para dejar el cuerpo libre y alejarlo del cumplimiento impuesto por la cultura, lo femenino.
Si el cuerpo es como un traje rígido que impide manifestar los sentimientos, la capacidad de goce disminuye.
La negación de lo masculino en la mujer y de lo femenino en el hombre conlleva un considerable gasto de energía que supone controlar todo tipo de manifestaciones que no estén acordes con su rol y conduce gradualmente a una defensa más rigurosa, con lo que acaba creándose un individuo rígido, bloqueado, alienado en una proyección femenina-masculina totalmente insatisfecha.
El concepto de salud no es sólo ausencia de dolor y/o enfermedad sino también armonía, creatividad para integrar los deseos con las realidades, capacidad para gozar y trabajar productivamente.
Un ajuste individual y social, no acrítico, que produjera un mayor bienestar y satisfacción personal.
La reeducación de nosotras sujetos pasivos, tendientes a asumir las denominadas, un tanto despectivamente, “Labores propias del sexo”.
La niña tiene a su madre como modelo más cercano, es con ella con quien se identifica y de quien aprehende “la culpa” y “Las labores propias del sexo”. Es la cultura y el lenguaje el transmisor de este modelo. Parece que el juntarnos y pelear por nuestros derechos, todavía no nos permitió romperlos.
Creo que nuestros movimientos han posibilitado grandes cambios y los valoro, sólo me pregunto: alcanzan?… hoy, las proclamas no alcanzan.
Rompamos las pautas de doble moral, formemos seres humanos íntegros, sin escotomizar su existencia o persona. Sólo así podremos ser libres.
No estoy proponiendo abolir los roles sexuales, estos tienen su importancia para el desarrollo de las personas.
No dejemos de luchar por que no exista la explotación de un sexo por el otro pero trasmitamos valores y actitudes basadas en el respeto por “el otro igual a mí”, en la lucha por la dignidad y la ausencia de discriminaciones.
Estamos seguros que estos podrán ser los cimientos más adecuados para posibilitar una relación más justa, armoniosa y satisfactoria para el hombre y la mujer, para todas las personas. Más que la genitalidad deben interesarnos las personas y sus términos de realización hacia el sí mismo, hacia la armonía de lo distintos en el misterio de la unidad de ser.
El camino no es fácil. Hay una opresión de siglos, rencores ocultos, cicatrices aún dolorosas, dificultades e injusticias que nos impiden hablar de una sociedad de iguales.

Conclusiones:

- No habría que hablar de roles femenino-masculino, sino de relaciones de poder.
- El arquetipo básico de dominación es la relación hombre-mujer que sirve de patrón de otras relaciones de poder.
- Desearíamos posibilitar que la mujer no niegue su parte masculina, sin que ello potencie necesariamente un cambio de objeto sexual.
- La sexualidad que conocemos parte de un modelo masculino.
- Durante milenios sólo existió un sexo: el masculino, la mujer era sólo un sexo extracorporal del hombre.
- El sexo estuvo siendo empleado por el poder para condicionarnos como personas y como ser sexuados.
- Entendemos al lenguaje como trasmisor fundamental que el dominante impone al dominado: sería importante un análisis lingüístico como “terapia colectiva”, es importante comenzar por el lenguaje, ya que es definidor de la realidad.
- La historia de cada persona tiene suma importancia en su experiencia sexual, al igual que el reforzamiento del rol.
- La cultura masculina, reforzada por lo esquemas sociales, no ha cambiado demasiado y por consiguiente los derechos de las mujeres tardarán en generalizarse.
- La educación del varón como gestor social agresivo y competitivo es semejante a la obligación de erección permanente.
- Creemos que la liberación sexual es más verbal que de acción.
- La promiscuidad sexual no es liberación.
- El cambio en los roles estereotipados, femenino-masculino ha comenzado a gestarse y será la única posibilidad real de liberación de la mujer y del hombre.

Dice Pilar Cristóbal “Si no hubiere una sociedad que todavía considera al sexo como referido a lo animal, pecaminoso, sucio y prohibido, no habría necesidad de terapeutas sexuales, pero mientras tanto debemos trabajar en dos frentes el preventivo y el curativo”.
Pero está claro que tanto para prevenir como para curar, lo primero que tenemos que tener claro es el ideal de persona sana sexualmente.
- No están sanos los que creen que el sexo está al servicio de la reproducción y se expresan siempre en términos reproductores.
- No están sanos los que creen que el sexo es monogámico y se expresan siempre en términos de monogamia.
- No están sanos los que creen que el sexo es heterosexual y se expresan siempre en términos heterosexuales.
- No están sanos los que creen que el sexo es una prerrogativa de unos pocos, o de unas edades y prohíben las experiencia sexual a los que no alcanzan los máximos niveles de inteligencia o de bienes materiales, más que la expresión lúdica de una necesidad el sexo así planteado parece una carrera de obstáculos.

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