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Masculinización de la sexualidad femenina

Por Luis María Aller Atucha
Presidente de la Asociación Argentina
de Sexología y Educación Sexual

Objetivo de estas reflexiones
La sexualidad masculina está en un periodo de indefinición e incertidumbre. La tradicional y estereotipada imagen de varón heterosexual “puro”, construida en base al aspecto de fortaleza física, sentimentalmente duro, protector de la “débil” mujer y seguro y único proveedor de la familia, fue puesta en cuestión y el varón debió aceptar que esa imagen estaba perimida. La aceptación de la homosexualidad masculina incorporó una perspectiva de género diferente y abrió las puertas a otras miradas, junto con las reflexiones de algunos varones que empezaron a buscar diferentes definiciones acerca de qué era ser varón, ya que en esa categoría entran tanto los que están en el extremo uno o en el extremo seis del continuó de Kinsey.

La predica de estos intelectuales, junto con la aceptación de nuevas manifestaciones de la masculinidad, impulsaron a que muchos incorporaran el cambio en sus vidas, cambio que puso en práctica una selecta elite de pioneros. Cuando el mismo estaba instalado, al menos en una capa determinada de la sociedad y se tenía esperanza de que el ejemplo se “derramara” a todas las capas sociales, la brusca modificación del comportamiento en materia de sexualidad femenina, junto con la influencia de los medios de comunicación de masa, pusieron freno al cambio esperado. En la actualidad, lo que parecía una “desdibujada” y “obsoleta” imagen del varón “macho invencible”, se ha reinstalado con mucha fuerza, reivindicándose el machismo como un componente deseado y deseable en la sociedad.

Antecedentes
A partir de los años ´70, merced a una fuerte prédica de los grupos feministas que reclamaban un cambio de conducta de los varones, especialmente en materia de comportamiento igualitario en deberes y obligaciones para con las mujeres y el de la forma de manifestar la sexualidad, algunos varones comenzaron a reflexionar y hacer propuestas desde su perspectiva de género y a cuestionarse la “masculinidad” tal como se la representaba tradicionalmente.

Arnaldo Gomensoro (compañero de la líder feminista Elvira Lutz), en Uruguay y desde allí para toda la región latinoamericana, encabezó un movimiento que denominó, “Pierda una esclava, gane una compañera”, que fue muy bien recibido por algunos varones que trabajaban en sexualidad. En nuestro país, Juan Carlos Kreimer (Revista “Uno mismo” y el libro “El varón sagrado”) y posteriormente Sergio Sinay (“El buen amor”) trabajaron en la misma línea y pareció, a mediados de los ´80, consolidarse una nueva imagen del varón que dejaba el estereotipo de “macho fuerte, autoritario y proveedor”, para pasar a ser un “compañero sensible de la mujer”, que compartía los deberes de la casa y el cuidado de los hijos y que se atrevía a mostrase afectivo, tierno y hasta llorar. La película americana “Kramer vs. Kramer” de Robert Benton (con Dustin Hoffman y Mary Streep) mostró el camino de un varón distinto, que ponía el amor por su hijo por encima de su triunfo profesional.

Materialización del cambio
Los cambios se fueron notando de manera muy sutil en los jóvenes de la nueva generación y asombraron, y hasta escandalizaron, a los mayores, tanto varones como mujeres, que no llegaban a entender, y por lo tanto criticaban, que los varones en la casa desempeñaran roles supuestamente “femeninos”, como el de limpiar, cuidar los niños y cocinar. Esta tendencia se fue consolidando y no pareció extraño en los años ´90 que los varones aceptaran compartir el manejo de las finanzas con sus esposas, profesionales y trabajadoras igual que ellos, y asumieran actividades igualitarias dentro del hogar. Si bien este comportamiento no estaba ampliamente extendido, era alentador ver como prosperaba.

Los medios de comunicación de la segunda mitad del siglo pasado, en especial los de entretenimiento, consolidaron un paradigma de varón construido con características particulares, presentándolo como fuerte, atlético, rudo, exitoso, violento, proveedor único de las necesidades del hogar, siempre dispuesto a la conquista y a tener relaciones sexuales con cuanta mujer se cruzara en su camino, relación a la que le agregaba una cierta dosis de violencia, haciendo que la mujer, objeto de su atención, asumiera a su lado un comportamiento obediente y abnegado.

Desde Humphry Bogart, de mirada recia y distante hacia sus compañeras (inclusive la “liberada” lngrid Bergman de “Casablanca”), pasando por el duro cowboy John Wayne, la cachetada que sufrió Rita Hayworth de manos de Glenn Ford (que le dio aires de recio y seductor) y la distancia que tomaba Harry el Sucio protagonizado por uno de los íconos de la masculinidad, Clint Eastwood, fueron conformando el arquetipo del “varón deseado”, que tan bien encarnaron en películas Alain Delon (el boxeador de “Rocco y sus Hermanos” y el ladrón en “Los aventureros” acompañando a Lino Ventura, otro prototipo) o los eternos “machos” que nunca envejecían como Silvestre Stallone y Charles Bronson y, más reciente, Bruce Willis, que se acaba de mostrar barbudo, con un gorro encasquetado cual prisionero de una cárcel de alta seguridad, ya cincuentón, acompañado por un treintañera a quien casi dobla en edad, pero demostrando que el verdadero “hombre” no sólo es “duro de matar”, sino también de cambiar.

Esa imagen del varón insensible, agresivo y dispuesto a todo, hasta morir de pie sin importarle nada (y menos su compañera) se impuso y se fue instalando en el inconsciente colectivo y conformando la imagen de lo que debía ser un “hombre”. Basta recordar a Gary Cooper en “A la hora señalada” dejando a su reciente esposa, la bella Grace Kelly, para demostrar su “hombría” empuñando un arma para batirse frente a frente con otro hombre; el verdadero “hombre” privilegiaba enfrentar la muerte a consumar el matrimonio. Con ese mandato creció la generación que nació después de la Segunda Guerra Mundial, donde las escenas de heroísmo masculino se multiplicaron por doquier.

No obstante la fortaleza de este mandato, en el que podían identificarse los niños y adolescentes para ir forjando su identidad masculina, la prédica de los grupos feministas y la reflexión de algunos grupos de varones, como el encabezado en los Estados Unidos por Robert Bly con su libros “Iron John” (“Hombres de Hierro, un libro para hombres y mujeres en cambio”) y “Los mitos masculinos están agotados” mostraron el camino del posible, y deseable, cambio.

Sin embargo la batalla por un varón diferente no tuvo el éxito y la repercusión que desearon sus impulsores. El mismo Robert Bly reconoce que: “Algunas mujeres energéticas de entonces y de ahora, eligieron y aún eligen, hombres suaves para ser sus amantes y, en cierta forma, para ser sus hijos… Por diversas razones los hombres deseaban a sus mujeres más duras y las mujeres comenzaron a desear hombres suaves. Pareció un buen acuerdo durante un tiempo, pero ya hemos vivido conforme a él lo suficiente, para darnos cuenta que no está funcionando”.

¿A qué se debió que ese cambio esperado no diera sus frutos? Los argumentos de las respuestas oscilarán entre lo subjetivo y lo objetivamente subjetivo (debido a la elección de ejemplos).

Ejemplos desde la ciencia y los medios de comunicación
Según el escritor, sociólogo y periodista español, Vicente Verdú (“Noviazgo y matrimonio en la burguesía española”, “Nuevos amores, nuevas familias”, “Señoras y señores”), podría ser que el Movimiento de Liberación Femenina no haya logrado, en realidad, una liberación del dominio masculino sino tan sólo la liberación del modelo de la feminidad, lo que a su criterio, no sería poco y afirma que esto “Sería tan transformador como haber eliminado la antigua mirada propia de la mujer para haber dejado el espacio despejado para la mirada del modelo del hombre. No exactamente la antigua mirada masculina que incorporaba el contrapeso de la simulación femenina, no el espacio absoluto de la mirada obscena del macho frente a la mirada de la pudibundez y el espionaje femeninos dentro del teatro general del cortejo, sino la mirada masculina sin sus viejos atributos, desprendida de penetración, extraviada en la vastedad, viuda de sí”. Agrega Verdú que esto tendría por significado “Una mirada que se pierde sin réplica, una pupila sexual que no encuentra horizonte, un panorama visual, en fin, sin pliegues ni añagazas en que lo masculino y lo femenino se hunden en la ausencia de la dura dialéctica relacional”.

Esa dialéctica relacional es la que proponía Gomensoro (con poco éxito) treinta y cinco años atrás.

Otro español, el Licenciado en Antropología Social y Cultural José María Espada Calpe, afirma que cuando los varones reflexionaron acerca de su masculinidad “Muchos empezamos a sospechar, desde pequeñitos, que había algo que fallaba, generalmente por nuestra incomo-didad con aquello que se supone que nos daba acceso a ser esos seres tan importantes, ser todo un hombre. Muchos hombres viven mal esa presión que continuamente nos auto-inflingimos, nos infligen e infligimos a otros hombres. Pocos somos capaces de romper el silencio, y menos son los que podemos acceder a la información que nos permita identificar certeramente el origen de nuestros malestares, comprenderlos y cambiar. En general, tenemos poco contacto con nuestras emociones y hemos sido educados para dar respuestas inmediatas, mediante la acción. Nuestra socialización nos ha supuesto una traba para comprender nuestro papel como agentes de la discriminación y estamos cargados de resistencias”.

En esta línea de pensamiento y apuntando a un cambio que él desea se produzca, el chileno Jaime Ceresa sostiene que: “De aquí¬ a pocos años será común tener a hombres dueños de casa, serán igual de quejones que las mujeres que dirigen un hogar, creyendo que su pega (que sí¬, es verdad, implica harto trabajo) es la más “infartante” del mundo. Es más, no será raro ver una serie de cursos, ejemplo: bordado, pintura, artesaní¬a, orfebrerí¬a y cocina, enfocado para llenar las horas de ocio de estos hombres”.

Ceresa basa esa presunción en algunos datos objetivos que se observan en su país, tales como que para el 2023, el porcentaje de hombres profesionales será mí¬nimo y que tal como ahora se habla de las primeras mujeres universitarias de Chile, se hablará de los últimos hombres con educación superior y acota que: “para el 2037 no será raro ver biografí¬as y documentales sobre estos personajes, mientras el honorable trabajo de ser “ama de casa” del hogar será uno de los más comunes para los varones”.

La búsqueda de cómo se construyó la identidad masculina y el camino que la misma va tomando, llevó a Mark Millington, un doctor en literatura de la Universidad de Londres, a editar un libro que lleva por título “Hombres invisibles” (2008), en el que aborda el tema de la construcción de la masculinidad a través de las novelas latinoamericanas escritas entre 1920 y 1980. Entre los libros y personajes que analiza se destacan “Don Segundo Sombra” de Ricardo Güiraldes y “Los cachorros” de Mario Vargas Llosa, dado que el estudio de la pluralidad de los hombres y la construcción de la masculinidad, sus tensiones e incertidumbres, es el objetivo que persigue. En el análisis de estos dos modelos de varón, contrasta a un auténtico “gaucho” de la pampa argentina con un señorito “blanquiñoso” de la alta burguesía limeña. También privilegia en su estudio las obras de Jorge Amado y Carlos Fuentes, con fuertes personajes de figuras varoniles. Este autor se pregunta por la subjetividad, las relaciones de los hombres con las madres y los padres, las mujeres, otros hombres, el deseo heterosexual y homosexual, los cuerpos, el machismo y el feminismo, la violencia, la familia, el medio físico, la modernidad y la tecnología, en el afán de dar respuestas del porqué los varones son como son y sobre qué bases se construye su masculinidad.

Al respecto señala Verdú que, “la masculinidad hegemónica es la forma de masculinidad, dominante y culturalmente autorizada y autorizante, en un orden social determinado (digamos, sociedad)”, pero hace la salvedad de que: “otras formas de masculinidad se generan al mismo tiempo. Por ejemplo, el producto y proceso de la cultura de los homosexuales genera una masculinidad subordinada que puede coexistir con la hegemónica para un grupo de hombres minoritario, y que, como tal, es una masculinidad marginada”. Ante esta realidad, puede al mismo tiempo funcionar una “masculinidad cómplice” propia de los hombres que aceptan y se benefician de la versión oficial, aunque no necesariamente defiendan el “dividendo patriarcal”, porque el sexismo, como macroestructura de poder, genera ideologías que actúan extendiendo y legitimando las relaciones de poder. En este sentido la subordinación se invisibiliza y permanece en un plano no consciente. Pero el poder interpersonal no es una mera derivación de las desigualdades macroestructurales ya que es reconstruido, desafiado, adaptado, negociado y/o reafirmado en la vida cotidiana.

El papel de los medios de comunicación como barreras al cambio
En la vida cotidiana, amplificada hasta el hartazgo por los medios de comunicación de masas, se tiende, de manera conciente o sin saberlo, (me inclino por esta ultima posibilidad) a rescatar la figura del varón hegemónico que no se cuestionaba su papel preponderante en la sociedad y que atribuía sus privilegios a un mandato natural (reforzado por cánones religiosos, sobre todo de algunas religiones marcadamente machistas, como la islámica, la católica y la judía), para que se reinstale con comodidad en una sociedad patriarcal y androcéntrica, en la cual también se instalaba cómodamente la contrapartida de mujeres que aceptaban, sin cuestionar, ese tipo de varón relegando su papel al de “mujer-madre-en la casa” donde aceptaba su función casi exclusivamente reproductora en materia de sexualidad.

El camino del cambio no es simple y quienes lo desean deben enfrentar no sólo a los medios masivos de comunicación y admitir que más de un tercio de la población esté fascinada (varones y mujeres, jóvenes, niños y niñas) viendo como las mujeres se desnudan en el programa de Tinelli y tratan por todos lo medios, poniendo es escena coreografías francamente “coitales”, de gustar al varón que no sólo las observa, sino que las manosea y denigra, sino que deberá discrepar con teóricos que en son de broma, pero con fundamentos en el fondo que pretenden ser serios, proponen caminar en el sentido opuesto y rescatar la figura perimida del “macho”.

Ese es el caso del Lic. Omar Freire, que se lo conoce en el Uruguay como el líder de la Liberación Masculina o el Señor del Erotismo, movimiento que fundó en 1987 y que todavía perdura 20 años después. Basta enunciar algunas de sus propuestas para conocer sus intenciones. Sostiene Freire que debería declararse esencial a la prostitución, dar luz verde a la sexualidad, adoptar la consiga de “Arriba los penes y El falo al poder” y como objetivos lograr la libertad sexual para los curas y que haya más prostitutas y menos madres de familias. Esto que puede parecer disparatado, o cómico para algunos, para otros contiene visos de una realidad a la cual estarían dispuestos a adherirse.

Pocos logros y mucho retroceso
Los movimientos feministas, con mucha fuerza y predicamento, acompañados por los esporádicos intentos de varones autodenominados “feministas”, lograron que el tema se instalara con seriedad marginando a los Freires que se atrevieran a mostrarse, y, a nivel de discurso, el término “machista” y “machismo” pasó a ser peyorativo y descalificante. Pero el cambio no ha echado las raíces necesarias como para dar un vuelco a miles de años de supremacía patriarcal.

Mientras la imagen de un nuevo varón sensible y compañero, como proponía Gomensoro aparecía e iba ganando espacio, los medios de comunicación (cómplices conscientes o inconscientes de los Freires) se encargaron de desmerecer esa tendencia proponiendo una imagen diferente, rescatando al “macho” agresivo, dueño, señor y proveedor, que había quedado relegado.

Ante la carencia de arquetipos holliwodianos modernos, para reemplazar los de antaño, la industria del cine reinstaló la del amante latino, boy scout de la sexualidad, por lo cual “desató” a Antonio Banderas de las manos de Almodovar que lo había obligado a mostrarse en sus películas como un vacilante y pusilánime sexual y hasta homosexual, le puso una espada en la mano y la máscara del zorro y, de esa manera, empezó a reivindicar al gran “macho” que pretendían enterrar. El ejemplo cundió y otros amantes musculosos empezaron a poblar las pantallas. No es necesario mencionar los nombres de los artistas de cine Bruce Willis, Claude van Damme o de los deportistas Michael Jordan, David Beckam o de cualquier jugador de fútbol argentino exitoso, para comprobar que el “prototipo macho” no ha muerto y que la preferencia femenina en el comienzo del siglo XXI está establecida.

En la vida real también Banderas serviría de ejemplo y cumplió su rol a cabalidad. Enamoró a la rubia Melanie Griffiths, fiel esposa del actor Don Johnson, que había perdido su aspecto varonil a pesar de usar revolver y representar a la justicia, ya que arremangaba su saco de manera sospechosa y tenía una extraña relación con su “partner” de color. Se la quitó, la embarazó, la hizo abandonar su exitosa carrera cinematográfica y recluirse en su casa a cuidar sus hijos, cumpliendo así en la vida real, lo que la ficción le pedía que hiciera en las películas.

Una nueva sexualidad femenina para el varón recobrado
Como para balancear, los medios comenzaron a ocuparse de una sexualidad femenina diferente, acorde para acompañar a este nuevo y exigente varón, sexualidad alejada de la tradicional y recatada observada por las amas de casa asexuadas. Después del éxito de Whitney Houston en “El guardaespaldas” y su explosivo erotismo que termina “acosando” a su empleado, la misma actriz protagonizó, en 1995, la película “Waiting to Exhale” (Esperando un respiro), que describe la preocupación de un grupo de cuatro mujeres negras, ejecutivas de buen nivel económico y social, por mantener una frecuencia coital acorde a sus necesidades y lo difícil que les resulta encontrar el compañero de cama adecuado. Un comportamiento sexual reservado hasta hacía poco tiempo al varón, acostumbrado a prestarse “el bulín” y comentar sus encuentros coitales con absoluta naturalidad. Temas como el tamaño del pene, la eyaculación precoz y la falta de erección eran las conversaciones que estas mujeres mantenían.

Si bien esa película pasó desapercibida, dio pie para la aparición en la televisión norteamericana, y a través del satélite en la de todo el mundo, de una serie exitosa que prolonga su vigencia hasta nuestros días, “Sex and the City”, donde Sarah Jessica Parker, acompañada por Kristin Davis, Cynthia Nixon y Kim Cattrall, desnudan vidas y amoríos de cuatro mujeres que son muy buenas amigas, tres de las cuales están en sus treinta años, y una en los cuarenta, donde se muestra la complejidad de ser mujer en una sociedad que compite en igualdad de condiciones con el varón y dificulta la posibilidad de la vida en pareja acompañada de una buena sexualidad. El éxito alcanzado por esa serie fue tal que se prolongó en la pantalla grande, imponiendo un modo de enfrentar la vida (y la manera de vestirse), al estilo de Sara Jessica Parker.

Una de las características salientes de la serie fue que las cuatro protagonistas principales, tuvieron citas, o sexo, con personajes que aparecieron sólo en un episodio, o historias breves que continuaron durante dos o tres episodios, mostrando una nueva forma de vivir la sexualidad femenina, alejada de las “sagradas paredes” del hogar y desterrando el mito de que la mujer solamente tiene relaciones sexuales cuando existe el amor, sino que lo hace también cuando siente deseos. Y, al parecer, éstos son frecuentes. Otro atributo que estaba reservado a la sexualidad masculina.

Uno de los capítulos emblemáticos de la serie, muestra a estas cuatro mujeres neyorquinas en Los Angeles, donde van en busca de aventuras sexuales. Se regalan entre ellas grandes penes de plástico y felicitan y envidian a la que consigue llevar a la cama al actor porno que promueve esos penes (y los firma como si fueran libros) al que desecha cuando éste le propone una relación estable y duradera. Ella le explica que está atraída por su pene y no por su persona. Respuesta típica de un varón que puede perder la cabeza, y arriesgarse, por unos grandes senos o un monumental trasero, pero que no lo lleva a pensar siquiera en la posibilidad de compartir su vida con la portadora de tales atributos. Un ejemplo de esto fue la película “El lado oscuro del corazón”, donde su protagonista, Dario Grandinetti, disponía de una cama en la cual accionando un resorte hacía caer a la mujer que lo había acompañado en el coito al vacío. Ideal del varón que después de una relación coital satisfactoria, no desea tener a su lado a quien se la proporcionó.

Apoyado en la misma línea argumental de “Sex and the city”, la serie “Desperate Housewives” apareció en la televisión norteamericana en el año 2004. Trata la rutina de cinco amas de casa de clase media suburbana y a través de sus vidas domésticas, revela varios misterios acerca de sus maridos, amigos, amantes y vecinos. El tono y estilo de la serie combina elementos de drama, comedia, misterio, culebrón y sátira. Por apartarse de lo que se espera de matrimonios de clase media, los personajes han sido criticados por grupos religiosos por la carencia moral que presentan. El éxito de la serie fue tal que se la recreó en Argentina con actrices locales, pero sin alcanzar mayor relevancia.

Este comportamiento sexual que, como decíamos, antes le era reservado exclusivamente al varón, se fue imponiendo en la sexualidad femenina, que no se avergonzó en mostrar y demostrar que ella también tenía deseos y necesidades sexuales, pero que para satisfacerlos exigía del varón ciertas condiciones. Casi todas ellas referidas a la vieja imagen que algunos varones “sensibles” intentaron desterrar.

En primer lugar no gusta el modelo atildado, pulcro y prolijo. Por el contrario, la imagen del brutal indio de Osvaldo Laport constituyó el varón deseado, que se cristalizó en la imagen del barbudo pelilargo Facundo Arana, entre sensual y primitivo, y del “prolijamente desprolijo” (valga el oximoron) de aspecto descuidado (rayando en lo sucio) de Nicolás Cabré, que tiene entre sus “virtudes” haber sido el amante de las actrices y modelos más cotizadas del momento.

Ese aspecto “tumbero” se extendió y arraigó en la moda de manera tal, que hasta el aristocrático equipo de polo encabezado por el mejor polista del mundo, Adolfo Cambiaso, apareció en la tapa de una revista con los cuatro polistas casi disfrazados de marginales. El hecho de ser “casi marginal”, o al menos amigo de ellos, culminó cuando la hinchada del club de fútbol de Nueva Chicago invadió (para asombro y disgusto de la élite porteña) la cancha de polo de Palermo.
La moda del varón rudo, recio y brutal había ganado la partida.

Los atributos masculinos exigidos por la mujer
De exigir el aspecto de “macho”, por presencia y vestimenta, la mujer pasó también a exigir un tamaño de pene acorde a sus fantasías y a pesar de todo el esfuerzo que la ciencia sexológica ha hecho en torno de ese mito, la preocupación por el tamaño del pene se ha hecho carne en las mujeres y ha “infiernizado” la vida de los varones.

Si a la combinación del aspecto “hombre recio” y tamaño del pene se le suma la fama y el poder adquisitivo, ese varón no tendrá inconvenientes en alcanzar a la mujer que se le ocurra, como el arquero apodado “La boa”, haciendo mención a sus atributos viriles, exitoso jugador de un club de primera y por lo tanto también de abultada billetera, que fue el compañero sexual de Graciela Borges por bastante (y publicitado) tiempo. Ejemplos de “botineras”, como se denomina a las mujeres que tienen por objetivo estar con futbolistas, hay cientos. De igual modo los hay, aunque no en tal cantidad, de “raqueteras”, las que buscan jugadores de tenis.

La necesidad de volver a la mujer tradicional
Para que esto funcione y no haya controversia, este varón “macho proveedor” exigirá a cambio del favor sexual que brindará (porque el asediado y buscado fue él) una mujer que una vez que la logre “domesticar” en la cama gracias a su virilidad, se vuelva sumisa, abnegada y buena ama de casa. Entonces los medios de comunicación volverán a presentar la imágenes de mujeres recatadas preocupadas por comprar el mejor jabón en polvo, hacer la limpieza de la casa con los elementos que mejor huelen pero al mismo tiempo desinfectan y para ello aceptarán que le ayude a limpiar la cocina (lugar que debe ocupar después de satisfacer a su hombre en la cama) Mr. Músculo, o que Beto Gianola le explique cómo lavar un par de medias.

La mezcla que debe prevalecer es el de la mujer agresiva, que muestra una sexualidad masculinizada, y que una vez que “atrapa” al varón que la mantendrá, deberá convertirse en madre, declarar que lo mejor que le pasó en la vida (después de haber conseguido un marido de pene grande y billetera generosa) es ser “mamá” y dedicarse a atender la casa como lo hacía su madre y su abuela.

Un caso paradigmático de esta tendencia lo constituyó la sentencia de un juicio de divorcio llevado a cabo en Argentina hace dos años atrás, en que el padre luchaba por la tenencia de los hijos y aportaba como antecedentes sus habilidades para prodigarles cuidados, alimentarlos, asearlos y ayudarles en las tareas escolares, la que le negaron por las “características femeninas del demandante” (sic). La autora de la sentencia era una Jueza.

A modo de conclusión y reflexión final
Estamos viviendo un periodo desconcertante que obligará a los varones que pregonaron la necesidad de cambiar, volver a empezar y encontrar argumentos no solamente válidos sino creíbles, que les permita tener una relación igualitaria con la mujer actual, sin temor a la escena del encuentro sexual que ha llegado a aterrorizar de tal manera a los jóvenes que ingieren medicamentos creados para solucionar las disfunciones eréctiles en varones sexagenarios.

Los varones no deben sentirse desalentados por haber intentado un comportamiento diferente al estereotipo del macho proveedor y haber fracasado. Deben volver a empezar ya que, posiblemente, algún día ambos integrantes de la pareja comprenderán que sus sexualidades son complementarias y que una vida en común no es posible construirla en base a mitos y estereotipos.

Por ahora, los que creímos en Gomensoro y optamos por una compañera, perdimos la batalla.

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