Biblioteca Online

Otro cuento erotico: Celular

Por Luis María Aller Atucha

No fue gran cosa pero tenía ganas.

El hotel dejaba mucho que desear, pero es el único que hay por acá. Parecería que para los encuentros sexuales en las zonas de playas, los autos y los baños de las discos, y porque no algún médano en la madrugada en la playa, son suficientes.

No para mí. A los 37 años no me veo haciendo acrobacia en el asiento trasero de un auto, por grande y elegante que éste sea. A las disco no voy más y, en cuanto a la playa, nunca entendí la gracia de llenase de arena en esos momentos. Por eso acepté llegar con él al hotel. Que, repito, dejaba mucho que desear. Pero yo tenía ganas. La fui juntando en la playa mientras ni marido hablaba por teléfono y yo tomaba sol, disfrutando de la mirada cargada de lujuria de mi vecino de carpa.

Durante la semana, cuando mi marido regresaba a la oficina a trabajar, leía o dormitaba al sol, pero a partir del viernes a la tarde compartía mi soledad con las conversaciones telefónicas que él tenía, que cual adolescente con juguete nuevo, marcaba sin pausa entre un llamado y otro a gente de la oficina, a los amigos, a nuestro hijo que se había quedado estudiando en Buenos Aires, a su madre (a quien no llamaba el resto del año), a su hermana (a quien tampoco llamaba el resto del año y con la que se llevaba bastante mal) y cuando se le agotaban los números que prolijamente tenía almacenados en la memoria de su celular, hacía llamadas desesperadas para conseguir nuevos números y le daba la sorpresa a un amigo que no veía hacía diez años (y que con seguridad no volvería a hablar en otros diez). Después mandaba mensajes de textos y contestaba los que recibía.

Me aburría oírlo parlotear de tantas cosas sin sentido y al mismo tiempo me daba bastante bronca que se la pasara hablando en ese aparatito y no conmigo, a quien no veía desde hacía cinco días.

Mientras rumiaba mi frustración modifiqué mi postura para aumentar el deleite de mi callado admirador. En un alarde de audacia me puse boca abajo y desaté el corpiño de la malla. Sé, porque me lo han confesado, que los hombres se marean ante esa espalda vacía de tela, imaginando los senos sueltos.

Unas cinco conversaciones telefónicas más tarde, me levanté para ir al baño y mi contemplativo admirador hizo lo mismo.

La charla fue breve y concisa, similar a un mensaje de texto que tanto le gustan a mi marido.

Cuando me invitó a salir dije que sí, que me pasara a buscar a las 10 de la noche porque me había enterado, por una de las llamadas recientes, que mi marido se reuniría con amigos para ir al casino, lugar que él sabe que yo no piso.

Cenamos en un atestado restaurante poco propenso para el romance, pero yo facilité las cosas porque realmente estaba con ganas. Por eso acepté ir a ese hotel que dejaba mucho que desear.

El sexo no fue gran cosa, a pesar de que él, un bonito treintañero que dijo ser soltero, se esforzó para que yo la pasara bien. No me importó. Necesitaba estar lejos de un celular por un rato.

Y qué mejor que hacerlo desnuda en un hotel (aunque dejara mucho que desear) en compañía de un desconocido bronceado de sol, que se esmeró para que yo la pasara bien, mientras mi marido, que había salido a tomar aire y fumar después de perder algunas cuantas fichas, se comunicaba conmigo por el celular, para contarme cómo le había ido y decirme que me extrañaba.

Los comentarios están cerrados.