Biblioteca OnlineEducación Sexual: aspectos ideológicos y conceptuales

Sexologia y sociedad

“SEXOLOGIA Y SOCIEDAD”
Logros y lo que falta alcanzar

DOCUMENTO ELABORADO POR LOS PARTICIPANTES
10mo. Encuentro Nacional entre Pares de
CIENCIA Y PLACER Organizado por AASES
PINAMAR
6, 7 y 8 de mayo 2011

METODOLOGIA

Este documente fue elaborado por quienes participaron del Décimo Encuentro Nacional de Ciencia y Placer, llevado a cabo en Pinamar los día 6, 7 y 8 de mayo de 2011. Para trabajar en el mismo se dieron consignas consistentes en determinar las normas sociales y costumbres que regían en materia de comportamiento sexual en el siglo pasado, describiendo cómo era el entorno social y normativo, especialmente alrededor de la segunda mitad siglo XX cuando la anticoncepción comenzó a democratizarse y hacerse de empleo masivo. Una segunda categoría de análisis fue determinar los logros en materia de libertad y bienestar en cuanto a salud sexual y reproductiva alcanzados en la actualidad, dejando para el cierre determinar qué es lo que falta alcanzar para tener una sociedad en que se respeten los derechos sexuales y reproductivos consagrados por los organismos internacionales, plasmados en las leyes que en nuestro país determinan la obligatoriedad de brindar educación sexual integral y proveer a toda la población información y servicios en materia de salud sexual y reproductiva, lo que todavía está lejos de cumplirse.

Se trabajó en grupos de alrededor de ocho integrantes cada uno y el tercer día del Encuentro se presentaron las conclusiones en plenario. Este documento constituye la recopilación, editada y ordenada, de las conclusiones y recomendaciones de los grupos de trabajo.

De dónde venimos

Centrando la mirada en los roles de mujeres y varones aproximadamente en la mitad del siglo XX, como resultante de pautas enraizadas en las décadas anteriores, se observa la necesidad de destacar la falta de respeto a la intimidad de las personas en general, y en particular de las mujeres.

Al ajustar las observaciones específicamente sobre las mujeres encontramos, entre otros rasgos distintivos de aquella época, pautas restrictivas, represivas y castradoras: la educación religiosa y los mandatos familiares conducentes a un sentimiento de vergüenza por el propio cuerpo, la falta de conocimiento del mismo, la vivencia del sexo como “algo sucio” y en directa relación con la noción de “pecado”. Particularmente gráfica en tal sentido era la persistente idea de que el cuerpo de la mujer tenía “un solo agujero” por el cual eran engendrados los hijos, nacían después y además servía para las funciones excretoras.
Por otra parte, la vida social establecía la diferenciación entre mujeres “buenas” y “malas”, ya fuera que utilizaran sus cuerpos exclusivamente para la reproducción o se permitieran el ejercicio del placer, respectivamente. De allí entonces partía una línea directa hacia la construcción de valores sobre la figura de las “madres”, que debían llegar vírgenes a la institución matrimonial. Esta devenía, de tal modo, en la consagración de las aspiraciones que podían tener las mujeres como proyecto de vida.

La negación del placer sexual, por la vía de la ignorancia inducida, reproducida, y mantenida como intercambio de sucesivas generaciones, era concomitante con prácticas de anticoncepción tales como el lavado con pera de goma. Esas mismas mujeres, al llegar a la menopausia, no sólo caducaban en sus funciones reproductivas sino también quedaban anuladas en sus prácticas sexuales. Si aquel ejercicio de la sexualidad apuntado inicialmente había sido concebido como “obligación y castigo” derivados de la naturaleza, la menopausia era considerada liberadora de aquellas ataduras. El marido, llegada esa época, ya no las “molestaba” ni las “usaba”.

El cuerpo, como objeto, fue considerado herramienta de trabajo. En el caso de las mujeres, herramienta de reproducción, que aseguraba la gestación y con ella, la continuidad de la estirpe de la familia, que en realidad se reducía a la del “hombre de la casa”. Directamente relacionada con esa utilización corporal adquiría importancia suprema la virginidad de la futura madre, como medio para garantizar la legitimidad y propiedad de los hijos (estos también considerados cuerpos-objetos destinados a incrementar el capital patriarcal). El casamiento era el objetivo primordial de las mujeres y entre los 15 y 20 años el mismo se hacía casi compulsivo y obligatorio.

En cuanto a los varones, como reflejo opuesto del espejo social, estaban destinados a la vida pública, se arrogaban la propiedad de la mujer y de los hijos, se investían del valor de ser proveedores materiales de la familia, justificaban desde ese cúmulo de “responsabilidades” la vivencia de la sexualidad como una “descarga natural” y pasaban –desde ese lugar- a aceptar, valorizar y estimular las conductas de infidelidad. En la estricta división entre mujeres “buenas” y “malas”, con las primeras (destinadas a ser esposas-madres-reproductoras), no sólo no se objetaba sino que además se consideraba útil la eyaculación precoz, como modo de pasar rápidamente por el trámite iniciador de la reproducción biológica. Las “otras” mujeres, en cambio, convocaban a la diversión e incitaban al ejercicio de un repertorio de prácticas sexuales.

La cristalización de todos aquellos roles, como soporte de un sistema económico-político-social férreamente estructurado, implicaba y exigía el rechazo de cualquier comportamiento que arriesgara la zozobra de esa convencionalidad establecida.

De la generación de nuestros abuelos, nacidos en los años adyacentes a la frontera entre los siglos XIX y XX, a la generación de nuestros padres, concebidos entre las dos primeras guerras mundiales, no hubo mayores cambios en la gama de las pautas rectoras de la sexualidad (considerada ésta como otra de las manifestaciones vitales regidas, controladas y encauzadas por el Poder y sus desplazamientos simbólicos hacia las figuras de dominación –maridos-jefes-propietarios.

La salud reproductiva estaba en manos de las vecinas (comadronas) en las clases bajas y de los médicos de familia en las clases más favorecidas, con un marcado incremento de la mortalidad materna e infantil en el primer grupo. Si bien el hecho reproductivo era de especial importancia, de sexualidad no se hablaba. Los únicos que tenían derecho a hacerlo eran los varones, que gracias a la doble moral machista imperante, en el “mundo del afuera” les estaba permitido (y hasta aconsejado cuando llegaba la pubertad) el prostíbulo y, en las clases altas y pudientes, las amantes que mantenían en la “casa chica” (denominación de los mexicanos) o en los “bulines” o “garsonieres”, descritos en muchos tangos de los años cuarenta.

Los únicos interlocutores para las mujeres en materia de sexualidad eran los sacerdotes, quienes reforzaban la idea de que la sexualidad femenina estaba reservada a la reproducción sin goce o placer, no cuestionando el placer que los varones obtenían en el mundo del afuera. Los varones tenían como interlocutores a sus pares, que reforzaban la idea del machismo predominante. Dentro de la familia los temas de sexualidad no eran abordados y todo lo que tenía que ver con el desarrollo biológico referido al cuerpo, vinculado con lo sexual, era celosamente negado. Por ejemplo, era difícil escuchar la palabra “menstruación” en una casa, denominando a la misma con diversos motes, muchos de ellos graciosos. Un solo ejemplo: las toallas higiénicas, en esa época llamadas “Modess” por ser la marca que por muchos años estuvo sola en el mercado y que constituyó un genérico (se decía “comprar un Modess” aunque fuera de otra marca), se vendían de manera casi misteriosa únicamente en farmacias y no se exhibían en los mostradores o vitrinas.

La estricta separación del mundo del adentro, la casa, reservado a la mujer-madre y el del afuera, del trabajo, reservado al varón, sufrió un cambio significativo durante la segunda guerra mundial, cambiando también a partir de ese momento los derechos de las mujeres que empezaron a exigirlos. Durante la guerra el varón fue a pelear y la mujer ocupó el lugar de las fábricas y el trabajo. Cuando el varón volvió de la guerra la mujer no volvió a encerrarse en la casa; aprendió cuáles eran sus derechos y comenzó a reclamarlos. La igualdad entre varones y mujeres comenzó a sentar precedentes sociales, tales como el voto, herencia y tenencia de los hijos, para también comenzar a igualar los derechos sexuales.

En la segunda mitad del siglo XX aparecen en el lenguaje cotidiano palabras nuevas para describir comportamientos también nuevos, tales como orgasmo, amor libre, métodos anticonceptivos y comportamientos contestatarios como el hippismo. Comienza a mencionarse la palabra “género”.

La necesidad de que el varón se preservara de las entonces llamadas “enfermedades venéreas” (ITS – Infecciones de Transmisión Sexual) que muchas veces contraía en el prostíbulo, frecuentado por todas las clases sociales, puso en vigencia el empleo extensivo del preservativo. Este uso, de manera muy tímida y poco explicitada, se hizo extensivo también como método anticonceptivo para evitar embarazos, a pesar de que por el posicionamiento -era para el prostíbulo- le costó “entrar” en la casa de familia, situación que se revirtió recién a finales del siglo XX y merced a un trabajo de información y educación que lo logró imponer como método anticonceptivo y no solamente como “profiláctico” (nombre con que se lo conocía) para evitar el contagio “venéreo”.

La revolución sexual estaba a punto de estallar y la ciencia la aceleró e hizo posible en los años ´60. El Departamento de Alimentación y Fármacos de Estados Unidos en el año 1960, luego de largos y muchas veces controversiales debates, aprobó el primer anticonceptivo oral del mundo. Fue descubierto y elaborado por el endocrinólogo Gregory Goodwin Pincus y conocido como la «píldora», que constituyó uno de los medicamentos con más significado cultural y demográfico de la historia de la medicina. Su función era otorgar a la mujer «dominio sobre un viejo demonio, el sistema reproductivo femenino», según Katherine McCormick, que patrocinó la investigación de Pincus.

Pincus se hizo famoso en los años treinta, cuando logró la fecundación in vitro de óvulos de conejo. Se lo consideró una especie de Doctor Frankenstein que quería crear un mundo «donde las mujeres fueran autosuficientes y el hombre no tuviera ningún valor», escribió un periodista. Rechazados en Harvard, él y el endocrinólogo Hudson Hoagland, fundaron su centro de investigación de biología experimental que era financiado por la Fundación Worcester, con fondos privados y gubernamentales y por la industria farmacéutica. En 1951, junto a Min-Cheuh Chang, Pincus empezó a realizar pruebas sobre el valor contraceptivo de la progesterona. Los experimentos atrajeron la atención de Margaret Sanger, defensora de la regulación de la fecundidad, líder feminista que fue presa varias veces por la lucha por el derecho de la mujer sobre su cuerpo. Desde los años veinte Sanger le informó sobre el proyecto a su amiga McCormick, que se convirtió en su benefactora más generosa junto a la farmacéutica de Chicago G. D. Searle. Hacía tiempo que se sabía que la progesterona inhibía la ovulación en animales de laboratorio. Para probar los efectos de la hormona en mujeres, Pincus contrató al ginecólogo bostoniano John Rock, que investigaba la esterilidad.

Rock, como católico de comunión diaria, tuvo cuidado en distinguir la «anticoncepción médica» del «control de la natalidad» con fines demográficos, de la que se la acusó en su momento a Margaret Sanger ya que su primer folleto, en año 1923 en el que describía métodos anticonceptivos, llevó por título “Birth control” (control de natalidad), cuando en realidad lo que quería decir era control de la fecundidad. Rock, por ser un defensor apasionado de la píldora, tuvo serios problemas con la Iglesia católica de la que era ferviente creyente y militante. «Un buen católico, tan generoso como un dios, no puede ser castigado por nada», escribió Sanger a un amigo.

Durante los experimentos de Rock y Pincus, una partida de progesterona sintética se contaminó en forma accidental con menastrol, una sustancia estrogénica con la que estaban experimentado. Fue un feliz accidente. Los científicos descubrieron que las dos hormonas trabajaban en equipo para bloquear la concepción. El Laboratorio Searle empezó a fabricar un compuesto de progesterona y estrógenos para realizar pruebas más amplias. Ese fue el fármaco aprobado en 1960 y pronto se convirtió en algo cotidiano para millones de mujeres.

Pero fueron los acontecimientos políticos, los descubrimientos científicos y las aplicaciones tecnológicas alumbradas en esas décadas los que crearon algunas de las condiciones propiciadoras de los cambios culturales y comportamentales que siguen manifestándose hasta el presente.

Entre las décadas de los ’40 y los ’50 se iniciaron estudios, entre ellos el más destacado conocido como Informe Kinsey, que se ocuparon de los comportamientos sexuales en general. Aquel avance que facilitaba instalar temas como el de la masturbación, estaba, no obstante, limitado. En absoluto hubo consideraciones sobre cuestiones tales como el abuso sexual, el maltrato infantil y lo que hoy denominamos como violencia de género.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial y en plena polarización política de la Guerra Fría llegaría otro de los debates que forzaron nuevas aperturas y concepciones sobre la sexualidad: el informe de Master y Johnson. Éste estuvo en inmediata vecindad con la creación y difusión de la píldora anticonceptiva, que marcó estruendosamente una nueva era en materia de sexualidad y, particularmente, de la sexualidad femenina. La tecnología médica y el nuevo repertorio farmacológico condujeron, en el mismo tiempo, no sólo a nuevas orientaciones en materia de planificación reproductiva sino –fundamentalmente- al acceso de la mujer al goce sexual.

La nueva plataforma existencial fue base para los primeros enunciados de derechos de la mujer y posteriormente de derechos de la infancia. Y los hombres se encontraron con que los nuevos estudios de sexualidad también se ocupaban de los problemas de erección.

Cuando los hombres fueron desplazados de las cadenas de montaje de las fábricas hacia las trincheras en los campos de batalla y surgió la inmediata necesidad de reemplazarlos con las mujeres, se abrió para ellas un margen de nuevas libertades, correlato de prácticas y tomas de conciencia sobre sus roles, también en materia de sexualidad. Cuando los hombres dejaron las armas y retornaron a sus lugares de origen, aquellos lugares ya eran distintos en muchos sentidos.

El llamado “boom” de la sexología americana llegó a prometer “cómo alcanzar el goce”. El anticipo fue sólo propagandístico ya que la supuesta liberación fue matriz de nuevas obligaciones para las mujeres, puestas ahora en la situación casi obligatoria de tener orgasmos vaginales y hasta múltiples. La mujer que estuvo a disposición del varón para darle placer sexual (o hijos, sin que el placer estuviera presente) a la que se le negaba inclusive el placer de autoerotismo, de pronto tuvo que aprender como gozar para dar placer al varón, que hasta bien entrado el siglo XX siguió con su rol de macho proveedor, reproductor y seductor.

Veamos algunos aspectos culturales de esa época. En el varón el cuidado del cuerpo se limitaba solamente a lo estrictamente médico, no había una atención especial en cuanto al ejercicio físico, la alimentación y la cosmética masculina. La vestimenta estaba asociada al género y lo que su aspecto exterior denotaba sobriedad en el vestir, el uso del sombrero y el peinado a la gomina eran atributos del varón.

En las mujeres la atención de la salud sexual estaba enfocada exclusivamente a lo reproductivo y el cuidado del cuerpo vinculado a lo médico y biológico. En este sentido no había diferencias con el varón. La vestimenta sí era bien diferenciada y se consideraba apropiado el recato en el vestir. El cuerpo debía ser y estar siempre cubierto. La anorgasmia, llamada “frigidez”, era casi una constante del universo femenino que no causaba preocupación ni a las propias mujeres. Mucho menos a la sociedad y a la medicina. Un dato significativo en el libro de fisiología de Bernardo Houssay, Premio Nobel de Medicina y catedrático de Fisiología de la UBA, con el que se formaron los médicos argentinos y muchos latinoamericanos casi hasta final del siglo XX, no se describe el orgasmo femenino.
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En cuanto a los proyectos de vida, los del varón, que actuaba en la esfera de lo público y allí se realizaba, estaban orientados a formar una familia y sostenerla económicamente. El hecho de tener y mantener una familia era tan importante para el varón que si se quedaba viudo era normal, y esperable, que se volviera a casar. Por el contrario, la mujer, que había llegado virgen al matrimonio y había mantenido una estricta fidelidad durante el mismo, lo ideal era quedar para “vestir santos” y no convertirse en una “viuda alegre” buscando otra pareja. Los proyectos personales del varón se manifestaban por el paradigma heterosexual, lo cual no habilitaba manifestaciones de sexualidad diferente. La homosexualidad era considerada una “desviación” y una enfermedad. El varón se permitía la infidelidad (y la sociedad lo aceptaba). No compartía los momentos reproductivos de la familia gestación, nacimiento y crianza estaban reservados a las mujeres.

Los varones eran privilegiados con las herencias familiares de manera tal que cuando una mujer heredaba al marido, el manejo del dinero era entregado a los hijos varones.

El progreso y la búsqueda de nuevos horizontes impulsaba las migraciones, lo que obligaba a las mujeres a seguir a sus maridos, muchas veces con meses o años de retraso. Ellos partían en busca de mejores horizontes y cuando estaban instalados llamaban a sus mujeres. Éstas lo seguían sin cuestionar el procedimiento.

El proyecto de vida de la mujer se limitaba a tener y criar una familia; los proyectos económicos no formaban parte de sus preocupaciones. La maternidad era venerada y sacralizada y la fidelidad al marido era absoluta. El parto era por lo general domiciliario y vaginal, una demostración de que en la casa la mujer siempre se encontraba protegida y que se “paría con dolor y de manera natural”.

Resumiendo. Los roles estaban claramente determinados. El varón ocupando el mundo del afuera, del trabajo y de los proyectos, entre los se consideraba prioritario la formación y el mantenimiento de una familia. El de la mujer ser una obediente “mujer-madre-en la casa” restringida al mundo del adentro, alejada del placer sexual, aun del autoerotismo, placer al que el varón tenía libre acceso, ya sea “usando” el cuerpo de “su” mujer para su “descarga” erótica -así como la sociedad lo usaba para el mantenimiento de la especie-, o usando las mujeres del prostíbulo, que formaba parte de una doble moral machista y androcéntrica no cuestionada.

Las mujeres, como parte de su obligación familiar, inculcaban estas premisas a sus hijas mujeres criándolas recatadas, sumisas y obedientes. A sus hijos varones les imponían las normas de la sociedad machista y los preparaban para el mundo del trabajo, la competencia y el triunfo.

Los mandatos del Sexo Oficial era seguidos sin cuestionamientos o discusión y la gran mayoría de la población estaba convencida de que la sexualidad debía ser exclusivamente heterosexual, matrimonial, monogámica y reproductiva. Las relaciones coitales antes del matrimonio eran castigadas y el producto de las mismas, la llegada de un hijo extra matrimonial, era penado severamente estigmatizando a la madre soltera de manera tal que se llegó a asentar en los documentos de identidad la categoría de “hijo natural” para que el hijo cargara con el estigma de la desobediencia de los padres.

Dónde estamos: lo que hemos logrado

Los cambios políticos, económicos y sociales que sufrió el mundo en la segunda mitad del siglo XX, que se aceleraron a partir de los años ´70, también llegaron a las familias y, en especial, a las mujeres. El avance logrado con los medios de comunicación, permitió conocer los cambios que se fueron produciendo e instalando en diferentes partes del mudo, lo que aceleró el cambio. La juventud desencantada de pos guerra y las mujeres que al terminar ésta no volvieron a sus casas, de donde salieron para compartir el mundo del afuera con los varones, se aferraron a una nueva escala de valores propuesta por el existencialismo y el nombre de Sartre dio la vuelta al mundo, convenciendo a muchos que existir era más importante que ser.

La instalación de la discusión de la posibilidad de acceder al “amor libre”, fue una forma de discutir y rebatir las reglas de la vieja moral que prohibía el ejercicio de la sexo genitalidad fuera del contexto matrimonial; al grito de “prohibido prohibir” y “la imaginación al poder”, la juventud ganó las calles de París en mayo del ´68. Un año después, en agosto de 1969, los tres días de fiesta de Woodstock, acompañando al sexo con música y drogas, marcan un antes y un después de la vieja moral victoriana y represora de la sexualidad.

A partir de ahí, el placer sexual, ausente en la alcoba matrimonial y reservado al varón que lo buscaba fuera de la “pureza” y el “templo” que era la casa familiar, es deseado e incorporado como complemento inseparable de la vida de pareja. La mujer, masivamente relegada a la tarea doméstica y al cuidado de los hijos, irrumpe en el desconocido mundo del erotismo y la sexualidad y lo explota con ansiedad y entusiasmo. La legitimación del autoerotismo femenino y la introducción de los juguetes sexuales, es una clara demostración de esta aceptación. El varón aprende a disfrutar en el disfrute de su compañera.

No solamente en lo sexual el varón acepta las nuevas reglas del juego, sino que se acostumbró a respetar los proyectos personales de la mujer y los acompañó y celebró en sus logros. Ante este panorama, los hijos aceptan el tipo de relación igualitaria que se establece en la pareja, aunque pueden entrar en conflicto y comparar cuando se les cuenta de una relación asimétrica que existía en el pasado.

La plena aceptación de las familias ensambladas, con padres, madres, padrastros, madrastras, medios hermanos o simplemente hijos de unos y otros convivientes bajo un mismo techo, abre un abanico de posibilidades desconocidas. El matrimonio igualitario, recientemente logrado, obliga a vislumbrar un tipo de familia totalmente diferente con la que humanidad convivió por siglos. La posibilidad de tener dos mamás o dos papás como algo natural está puesta en pauta.

La maternidad dejó de ser un hecho exclusivamente femenino, para ser compartido por la pareja. Tímidamente se va instalando el cambio y las parejas jóvenes lo van incorporando. Situaciones antes desconocidas empiezan a hacerse comunes, como la asistencia del varón al momento del parto lo que crea un vínculo padre-hijo diferente al tradicional. Los partos dejaron de ser un asunto familiar, en la casa y vaginal, para pasar a ser un asunto de la pareja, que muchas veces opta por formas menos dolorosas de parir acudiendo a los partos programados e inducidos o directamente a la cesárea.

En su afán de informarse la mujer comienza a tener otros interlocutores, ya que en algún momento lo fueron solo sacerdotes. Intercambia información con otras mujeres y comparte con ellas sus expectativas y aspiraciones, tanto en el mundo laboral y de los proyectos, como en lo relativo a la sexualidad. Los movimientos feministas hacen oír su voz y la exigencia de analizar y comprender las relaciones humanas desde una perspectiva de género se instala y gana fuerza. Muy rápidamente la mujer supera al varón en el conocimiento de lo sexual y el hecho de que es ella, en la inmensa mayoría de las parejas, la que tiene control sobre la reproducción y el manejo de la anticoncepción, la posiciona en un lugar de poder desconocido hasta entonces.

Los proyecto personales tienden a concretarse antes que los proyectos familiares y es común el posponer la concreción de una pareja y de la maternidad, en pro de finalizar una carrera universitaria, a la que la mujer tiene cada vez más acceso, o progresar en el trabajo, sea el nivel cual fuera del mismo. Por otro lado, la mujer ha ganado espacio en la vida pública y política, por lo que en cuestión de vida en pareja podría cambiarse el viejo axioma de “hasta que la muerte nos separe”, por el “hasta que el amor o los proyectos lo permitan”. Una demostración de esto es el aumento de la edad promedio en que las mujeres tienen sus hijos, aunque el embarazo en adolescentes esté presente. Cabe señalar que atrasar la formación de pareja y la maternidad se da con mayor frecuencia en las clases más favorecidas; entre las mujeres de las clases bajas, debido a que sus proyectos de vida son restringidos, la concreción de una familia constituye un proyecto en sí mismo. Esa podría ser una de las razones de la alta tasa de embarazo en adolescentes observada en las clases menos favorecidas económica y educativamente, ya que en el embarazo se realizan las adolescentes sin mayores perspectivas de vida

Como se dijo, los modelos tradicionales de familia han cambiado y la aceptación social de las nuevas formas se hace cada día más frecuente y menos cuestionada.

La información es muchas veces distorsionada y el cúmulo de la misma en lugar de ayudar confunde. Se vive a un ritmo acelerado producto de una cultura juvenil de la “velocidad”, la que se ha transmitido también a la vida sexual, comenzando el ejercicio de la sexo genitalidad cada vez a edades más tempranas. El rendimiento en materia de encuentros sexuales se hace perentorio y constituye el componente central de muchas relaciones, por lo que el consumo del sildenafil, droga desarrollada para la disfunción eréctil en adultos y principalmente en adultos mayores, es consumido por los jóvenes para asegurar el buen rendimiento sexual, muchas veces opacado y comprometido por el excesivo consumo de alcohol y drogas. Se puede decir que estamos viviendo en una sociedad “enviagrada” (aludiendo al nombre comercial de la marca más vendida de sildenafil) preocupada por el rendimiento sin importar el sentimiento.

El límite entre la intimidad y lo público, antes perfectamente establecido, ha entrado en una zona gris difícil de definir. Hacer público lo que era hasta hace poco privado es una constante y tanto varones como mujeres exhiben sus cuerpos en Internet a través de las redes sociales, llegando a mostrar inclusive escenas de autoerotismo y de relaciones coitales.

Las parejas han encontrado nuevas formas de compartir la intimidad sexual sin necesidad del matrimonio y comportamientos como “relación con cama afuera”, “amigos con derecho a roce” o intercambio de parejas, se hacen cada vez más aceptados y corrientes. La sexualidad salió de las cuatro paredes de la casa y el sexo se puede practicar sin el entorno familiar que se exigió antaño. Ya no es necesario contraer matrimonio para tener relaciones y los jóvenes lo hacen de manera temprana y abierta en sus casas, sus cuartos y sus camas. Así como la sexogenitalidad juvenil temprana se ha impuesto, los preconceptos y el castigo para mantener relaciones sexuales paralelas al matrimonio comienzan a ser discutidos. Aparecen entonces nuevas formas de vincularse como los swingers, tríos, •”touch and go” y la posibilidad de aceptar infidelidades “virtuales” teniendo un “seudo” compañero o compañera sexual en Internet. Todo esto viene acompañado por la aceptación del empleo de nuevos estímulos relacionados con el placer, desde aceites y sahumerios, a los ya mencionados juguetes sexuales adquiridos en los llamados “tupper sex”.

Internet ofrece una amplia gama de posibilidades para el autoerotismo masculino y femenino y para el encuentro casual o con fines más serios, a través de club de solos y solas, encuentros cibernéticos, etc. Los avisos de sexshop y de servicios sexuales (rubro 59) dejaron de tener la clandestinidad del pasado para convertirse en moneda corriente aún en los medios considerados “serios y tradicionales”.

El placer y el orgasmo dejaron de estar vinculados exclusivamente con el coito.

A pesar de la información disponible y la permisividad social respecto al ejercicio de la sexualidad, no se ha logrado desterrar el abuso sexual y muchos varones siguen usando las prerrogativas del poder o la fuerza, para acosar y abusar sexualmente de las mujeres. La mayoría de los abusadores son varones y de las abusadas mujeres, pero también existe una amplia gama de nuevas formas de abuso, tanto de niñas como de niños, a través de la oferta encubierta y el turismo sexual, que si bien es rechazado por la sociedad, parecería ser aceptado ya que no se escuchan voces suficientemente fuertes y poderosas en su contra.

Estos cambios se traducen en la forma de presentarse en ambos sexos. Al cuerpo, antes relegado al cuidado de la parte biológica, tapado por ropa formal y diferenciada entre lo que vestían varones y mujeres, se lo muestra y se lo exhibe con orgullo y satisfacción, por lo cual se lo cuida mediante alimentación adecuada, ejercicio físico, ropa cómoda y “sexy”, terapias corporales y cirugías estéticas de empleo cada vez más frecuente, que van alcanzando las diferentes clases sociales. Los cuidados corporales que comenzaron a modelar el cuerpo femenino por imposición y demanda del mercado, comienzan a ser empleados por los varones que no solamente utilizan productos de belleza considerados hace poco tiempo atrás como “”femeninos”, sino que están accediendo a las cirugías correctoras del rostro y otras partes del cuerpo. La ropa dejó de ser un elemento de diferenciación entre jóvenes, mayores y adultos mayores, para unificar su uso. Madres e hijas se visten igual y padres e hijos (inclusive abuelos y abuelas) se mimetizan con los adolescentes. Las prendas consideradas antes masculinas o femeninas pasan a ser de uso común y así como para el cuidado corporal y estético se ofrecen servicios unisex, con la ropa sucede lo mismo.

La intimidad sexual está a la vista. Las publicidades de ropa interior, tanto para mujeres como para varones, constituye lo que hasta hace poco se veía en las revistas “para adultos” y se vendían con total discreción en los puestos de revistas.

Sin pretender abrir juicios de valor podríamos decir que el erotismo se ha convertido en una mercancía de consumo y que el sexo se ha banalizado. El amplio arco de la modernidad y la contemporaneidad sexual, va desde el mayor y más rápido acceso a la información, hasta la incorporación de las más recientes identidades sexuales; desde la aceptación y práctica del placer extra-genital y el corrimiento de la orientación falocéntrica hasta nuevos postulados éticos y estéticos.

Los cambios socioculturales y económicos que estamos viviendo, facilitados por los medios de comunicación y la tecnología, producen una velocidad excesiva de pensamiento que hace que no coincida con el tiempo real. Se genera entonces en los “nuevos jóvenes” un pensamiento tecnológico de movimiento y aceleración constante. El pensar y el sentir les cuesta, lo que se traduce en la dificultad que tienen en expresar sus emociones auténticas (alegría, tristeza, rabia, amor) agravado por la medicalización de la sexualidad que basada en el consumo desmedido del Sildenafil, lleva a los jóvenes a transitar verdaderas “maratones sexuales”. La sociedad de consumo modifica la percepción del tiempo, disminuyendo el margen disponible para la sexualidad. Hoy en día prevalecen las imágenes, lo ficticio objetivado como real, y en la búsqueda de esa “imagen”, quedan de lado el deseo y el placer.

Forzando el resumen cronológico, llegamos a la actualidad, que es el tiempo de “nosotros” (sin iniciar clasificaciones o discriminaciones por edades). Este punto de referencia que acordamos para centrar otro momento de diagnóstico nos ofrece un posicionamiento igualitario del varón y la mujer (aunque aun queda un largo camino por recorrer), con la aceptación de una sexualidad no matrimonial que se busca sea sana, responsable y placentera, para lo que se cuenta con una variedad de métodos anticonceptivos que jamás imaginaron las generaciones anteriores (desde la cuarta generación de anticonceptivos hormonales orales y los dispositivos intrauterinos medicados, hasta la vasectomía reversible, por citar algunos de ellos). La variedad de métodos anticonceptivos disponibles y los avances que se están produciendo en cuanto a anticoncepción masculina, hacen que la planificación reproductiva que mayormente estaba centrada en la mujer, abra un abanico de posibilidades a la participación activa del varón que hay que observar y acompañar, sobre todo desde el punto de vista cultural y actitudinal, para comprobar la aceptación que tendrá la mujer en “confiar” plenamente en la anticoncepción a cargo del varón, cuando la que se embarazará seguirá siendo ella.

Qué nos falta

Pese a los profundos cambios observados y la aceptación de los mismos, en nuestro país hay grandes deudas pendientes. En primer lugar la despenalización del aborto -por la que se sigue luchando y bregando- y la implementación a nivel nacional de los programas de Educación Sexual Integral y de Salud Sexual y Reproductiva, según lo establecen las respectivas leyes.

Se vislumbra un futuro diferente que posibilitará, en materia de comportamiento sexual, mayor libertad en una sociedad menos prejuiciosa y más tolerante. El modelo familiar va a seguir cambiando y modificándose; en sus nuevas manifestaciones se podrá observar una revalorización de la institución familiar, diferente a la tradicional, pero funcional a la nueva situación. En lo personal se vislumbra una mayor tendencia a la bisexualidad. La vestimenta responderá al modelo andrógino, lo que se reforzará con una marcada deconstrucción de los estereotipos de género mediante una reconceptualización y reconocimiento de esta perspectiva.

En pocas décadas la inteligencia artificial y la robótica demandarán especial atención, ya que hasta se podrán construir robots con apariencia humana, con pensamientos y sentimientos, y en parte de su construcción podrán emplearse tejidos vivos. La realidad virtual vinculada a lo sexual estará al alcance de la mayoría. Habrá modificaciones y adelantos cuanto a la fertilización merced a descubrimientos y avances en lo referido a la genética de la sexualidad.

Otros de los aspectos que debemos incorporar al quehacer sexológico es el la sexualidad de las personas con capacidades diferentes. Respecto a la sexualidad el siglo pasado se abrió con las aportaciones de Freud referidas a las experiencias infantiles y como condicionaban la personalidad adulta y cerro con la problemática del SIDA. En éste nuevo siglo, quizá sea el tiempo de escuchar la sexualidad de niños adolescentes y adultos con discapacidad. Vivida muchas veces en silencio, rodeada de interrogantes y angustias, convirtiéndose de ésta manera en un riesgo para el desarrollo, ya que se aumentan las diferencias y muchas veces se convierte en un factor que dificulta la vinculación social teniendo así un escollo más para el desarrollo de habilidades. La Educación Sexual Integral representa un aspecto de gran importancia en la formación sexual de una persona, porque, más allá del conocimiento puramente biológico, explica procesos trascendentales como la construcción de la identidad de género o las relaciones afectivas en el ámbito de nuestra cultura. Si pretendemos construir una sociedad en la que podamos convivir en igualdad y sin discriminaciones, es imprescindible proporcionar una educación afectiva y sexual de calidad. No podemos olvidar que si bien la sexualidad humana está íntimamente ligada a lo privado, también está regulada social y culturalmente.

Las personas con discapacidad están rodeadas, con frecuencia, por una cultura de exclusión y segregación que les niega oportunidades de inclusión a la sociedad, y en cuestiones de sexualidad, muchas veces se siente y se piensan que son seres asexuados. Aprender a ser felices es un reto permanente del ser humano y la educación sexual contribuye, de una manera importante, a lograr esa felicidad, dando respuesta a las necesidades de aprendizaje. Los jóvenes necesitan información correcta para ayudarles a protegerse a sí mismos. Protegerse del contagio de enfermedades de transmisión sexual, de embarazos no deseados, de abusos sexuales.

En el comportamiento sexual del ser humano tienen gran influencia factores de carácter socio-cultural, dado que la nuestra es una conducta social y como tal es interpretada y regulada por la sociedad. Por lo que se hace imprescindible que niños, adolescentes y adultos con discapacidad también reciban información sobre el tema y orientación para poder manifestar su sexualidad social y culturalmente de manera adecuada.

En pocas décadas la inteligencia artificial y la robótica demandarán especial atención ya que hasta se podrán construir robots con apariencia humana, con pensamientos y sentimientos y en parte de construcción podrán emplearse tejidos vivos. La realidad virtual vinculada a lo sexual estará al alcance de la mayoría. Habrá modificaciones y adelantos cuanto a la fertilización merced a descubrimientos y avances en lo referido a la genética de la sexualidad.

Para acompañar esta nueva realidad será necesario formar profesionales que se adapten a la creciente población de la tercera edad (expectativa de vida cada vez mayor), preparando profesionales para atenderlos. En otras áreas, habrá que modificar los contenidos curriculares y metodológicos de la capacitación de sexólogos educativos y clínicos, tendiendo a una formación académica universitaria.

Sin embargo, sobre el tablero en el que resplandecen estas “conquistas” también titilan luces de alarma. Los cuerpos –antes casi solamente de mujeres, ahora todos los cuerpos- siguen siendo cuerpos-objetos, destinados a uso y usufructo. Desde la cobertura y la clausura de las pieles en las décadas pretéritas hasta la mostración unánime de nuestros días, se extiende un hilo de marionetas que somete a los cuerpos –aquellos y estos- a la lógica del Poder. El acceso a métodos y formas de información soñados como utópicos crea condiciones que presagian distopías, en las que la relativización de los límites entre lo público y lo privado son conducentes a la licuación de los vínculos interpersonales. Las nuevas tecnologías de la comunicación, a las que se apela como herramientas de la hora para difundir los nuevos órdenes de la sexualidad, son también las herramientas utilizadas para los nuevos sometimientos sexuales (y de otras implicancias).

El transcurso de los años la enumeración de conquistas tecnológicas y nuevos abordajes y conceptos no ha sido, sin embargo (y lamentablemente), directamente proporcional a la evolución de la concepción generalizada de la sexualidad. La sinonimia entre ésta y la genitalidad no ha sido desplazada, en el campo de la masividad, por esos nuevos modos que propugnan las ciencias sociales apuntando a las esferas de la afectividad, la cultura, la psicología además de los meramente biológicos. Desde este punto de observación, que no por cauto debe ser confundido con el pesimismo, es necesario perseverar en el estudio, la difusión y la discusión de la sexualidad como una de las vías fundamentales de la realización humana.

Participaron de la redacción de este documento en los diferentes grupos de trabajo:

Abregú Rosana
Appleyard María
Aquilano Karina
Arnedo Eduardo
Belén Raúl
Beltrán Anabela
Bifarello Liliana
Bogarín Delmira
Bragagnolo Graciela
Castro Martín María M.
Cerfoglio Dolores
Figliozzi Rita
García Abreú Chita
García Escalada Juan Manuel
Gimeno César
Gioino Silvana
González Galeano Ariel
Gutiérrez Adriana
Lacquaniti Analía
Lemus Marcelo
Levi Sara
Loresi Gloria
Macri Osvaldo
Mansilla Claudia
Mayeregger María
Mostowski Michelle
Muravschik Beatriz
Ombroni Marcela
Paciaroni Jorgelina
Prego Leticia
Romero María Bernarda
Rossini Sergio
Santisteban Mirta
Schiavone Lidia
Spinuzza Carlos
Timinskas Alberto

Recopilación y edición: Luis María Aller Atucha

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