Biblioteca OnlineEducación Sexual: aspectos ideológicos y conceptuales

Reflexiones vivenciales sobre adolescencia

“El despertar sexual del adolescente y el encuentro con su sexualidad” Un análisis basado en mi experiencia personal

Anónimo
(El trabajo pertenece a una profesional que participa del cursops de formación en sexualidad de AASES. Se publica de manera anónima por razones obvias).

La adolescencia es una etapa de transición entre la niñez y la adultez. Se considera que en ésta se presentan diferentes tipos de conflictos respecto a las transformaciones producidas en la figura corporal y al crecimiento intelectual. El enfrentamiento con la nueva realidad conlleva a un cambio en la actitud personal ante las diferentes situaciones de la vida. Sin embargo, no corresponde definir a la adolescencia en términos negativos, lo cual queda asentado al rotularla como conflictiva, sino como a una etapa de cambios auténticos y tangibles que conducen a crisis o conflictos que pueden tomarse como positivos y necesarios para su desarrollo físico, mental y social.
Es un período en el que el adolescente busca conocerse a sí mismo, de modo de construir su propia identidad, finalizando así la primera etapa de la vida, la infancia. La identidad sin duda quedará marcada por la mayor importancia que se comienza a asignar a la sexualidad. La exploración genital, la sensación de placer, el enamoramiento, la atracción y el deseo sexual forman parte del conocimiento necesario para el crecimiento y el desarrollo natural, normal y saludable del adolescente.
Todo lo que se plantea anteriormente de una manera tan natural, parecería no resultar de la misma forma para los adolescentes en la realidad. Ellos constituyen una población diferente a todas las demás, la cual resulta incomprendida y hasta a veces ignorada por la de los adultos. Esto conduce a la formación de una “subcultura” con discrepancias en su forma de expresarse, que resulta muchas veces discriminada, quedando los jóvenes aislados del resto de la sociedad.
A menudo los adultos olvidan su adolescencia y actúan de una manera en la que no sólo juzgan duramente a aquellos que se encuentran transitándola, sino también que en oportunidades evitan hablar, explicar o guiar a aquellos que necesitan apoyo, a pesar de que no lo expresen de una manera verbal.
La prohibición, la negación o la indiferencia a la adolescencia son los caminos más comúnmente ejercidos por los adultos; considerando que todo lo que implica a esta fase es malo, debe pasar rápido, evitando en lo más posible que sea adolescente. Estas actitudes que ejercen los mayores son causadas principalmente por temor, y emergen como mecanismos de defensa ante los posibles males ocurrentes frecuentemente en esta etapa, principalmente el embarazo no deseado y el HIV. Se sospecha que ese temor a su vez surge del no saber cómo educar al hijo en su sexualidad y principalmente de un miedo aterrador a conocer en profundidad a ese hijo ahora adolescente. Más fácil resulta alejarse un poco, retar, prohibir y castigar que hablar, explicar, guiar y sobre todo acompañarlo.
En general no existe una mirada positiva hacia el adolescente, se intenta evitar los males que pueden aquejarle, sobre todo los ya nombrados, siempre con esa visión de lo negativo, de lo malo, de lo problemático. Parecería que lo genital es todo lo que comprende a la sexualidad, razón por la cual sólo suele abordarse el tema desde este punto. Es escaso el interés que existe por las otras enormes esferas olvidadas implicadas dentro del plano de la sexualidad, tales como el amor, el placer, la responsabilidad, la libertad y la salud mental, no menos importantes. Aún en nuestros tiempos no se plantea a la sexualidad como algo positivo, natural y constructivo, muy por el contrario se continúa denigrándola y relegándola. Entonces, ¿cómo puede sentirse un adolescente cuando su cuerpo, sus intereses personales y su forma de ver el mundo cambian y es ignorado por los mayores?, ¿cómo puede orientarse correctamente en su búsqueda de identidad si los supuestos guías sólo se ocupan de imponer teorías prohibicionistas arbitrariamente? ¿Cómo pueden conocerse si sus propios mentores se niegan a conocerlos y a su vez no les permiten que se conozcan a ellos mismos?, ¿cómo pueden los mayores educar a un adolescente con tanto miedo y negación a la etapa que le toca vivir?
La realidad interna no condice con la externa. La hipocresía de los adultos en cuanto a la sexualidad del adolescente no mejora las cosas, al contrario, sume al joven en una mayor confusión sobre cómo manejarse en ella. La prohibición a su derecho de vivir sanamente la adolescencia, la negación, la ocultación o la distorsión de la verdad sobre la sexualidad, generan consecuentes culpas, represiones, temores, remordimientos, desconfianzas e infelicidad que atentan contra su bienestar físico, mental y social, dándole a su sexualidad un sentido patológico.
En mi experiencia, la educación de puritanismo moralizante, con una verdad parcial y distorsionada, vacía con respecto a la realidad, basada en principios e ideales, colmaron mi persona de incertidumbres y miedos, generando conflictos en mi identidad al descubrir su oposición con la realidad.
El crecimiento de mi cuerpo junto con mi apertura mental de adolescente, inclinaron mi curiosidad hacia las caricias, los genitales, el sexo y el amor, experimentando profundas atracciones con fuerte deseo sexual. Nadie podía evitar que sintiera estas cosas. Sin embargo las teorías moralizantes que me habían regido toda la vida se apropiaron de mi espíritu, preso de culpas atormentadoras y miedos ancestrales.
El descubrimiento de mi sexualidad y su ocultación, vivían conjuntamente en mí. A su vez que despertaba, adormecía. Mi adolescencia transitó en el intento de que no se notara que estaba creciendo.
La educación sexual que había recibido, por llamarle de alguna manera, se convirtió en una contradicción en mi vida, dándome vacilaciones en mis decisiones confusas. Me esforzaba mentalmente por actuar con moral siguiendo lo que me habían enseñado mis padres: el “no” y la contención. Pero pronto llegaría el fracaso al no poder vivir de esa forma. No podía seguir ocultando la procesión de sentimientos y emociones que caminaban en mi interior y pulsaban por estallar. El intento de preservarme de males no me hizo bien. Tanta represión personal me dio problemas en mis relaciones con los otros. Sentía que me habían quitado mi libertad y era presa de una moral esclavizante.
¿Cómo se hace para después de tanto tiempo de creer que algo que no es bueno, después lo sea? ¿Es posible? Sí, pero con mucha paciencia y mucho cuidado. Uno no puede dejar de pensar en una cosa para pensar en lo contrario de un día para otro, lleva implícito inevitablemente todo un proceso.
Si se aceptara como natural el descubrimiento de la sexualidad, y no sólo natural sino como algo naturalmente necesario y saludable para crecer sin conflictos, es seguro que se podría experimentar una sexualidad sana y placentera; no sólo en lo que respecta a lo genital, que es sólo una parte, sino también respecto a un fondo mucho más complejo y superior como es una personalidad segura y sin culpas, responsable y feliz, creadora de personas sanas y de relaciones sanas. Esto no se refiere a la oposición de la teoría de la prohibición y a favor del permisivismo, sí a favor de la libertad del ser humano que somos, a favor del amor, la salud, la paz emocional y mental, y también a favor del placer ¿Para qué crear más conflictos al adolescente que ya tantos tiene, negándole vivir lo que le toca, aprender lo que necesita y contenerlo? La concepción negativa de la sexualidad se puede cargar en las espaldas toda una vida, si no se encuentra algo o alguien que haga reflexionar.
Yo pude descubrir a lo largo de mis experiencias vividas que no podía seguir viviendo de esa manera. La castigadora moralidad en que había sido educada no concordaba con las cosas que sentía en mi interior. Llegué a creer que estaba creciendo mal, pues sentía obligación y a la vez culpa de ocultar todo lo que me ocurría. Mis relaciones siempre estuvieron cargadas de una enorme preocupación no sólo por la posibilidad de la reproducción sino también por la deshonestidad que sentía con respecto a mis padres y a mi educación. A menudo me planteaba: “es malo lo que hago”, “no debería”, “si supieran…. “.
Sabía que nadie avalaría mis objeciones a “nuestras leyes”, era preferible evitar hablar del tema, ya que cualquier intento fallaba y ponía en mi contra a mis padres. No aprobaban ni ellos ni mi religión las relaciones prematrimoniales, el uso de métodos anticonceptivos ni la masturbación. La espantosa soledad me acompañaba. Me encontraba entre la espada y la pared, la contención o la entrega, ¿qué hacer? Y entre tanta represión, culpa, deseos, miedos, curiosidad y presión, me entregué al supuesto placer. ¿Placer? Me pregunté aquella vez. Claro. ¿Qué podía tener eso de placer para mí si tantos pensamientos de culpa y temor atormentaban mi mente entregando sólo mi cuerpo inhibido al placer? Y era tanto el temor y la culpa de sentirme perdida en el camino incorrecto que luego comencé a odiarlas, a mirarlas ya personalmente como algo desagradable.
La sexualidad en mi vida era un camino oscuro y peligroso, sin norte que me guiara. Comencé posteriormente a repreguntarme, ¿qué me había ocurrido? ¿Cómo era posible sentir tanto rechazo por mi sexualidad? Me habían ganado el miedo, la culpa, el pecado. Vivía en una incoherencia entre lo que debía y quería hacer.
Ese mundo que veía como hipócrita otorgaba una inseguridad asfixiante a mi personalidad turbándola en mis relaciones de noviazgo y haciéndolas siempre fracasar.
La educación sexual que recibí estaba limitada al plano de la reproducción, a la unión de un óvulo con un espermatozoide, como si eso fuera todo. Luego aprendí sobre métodos anticonceptivos, su efectividad, sus ventajas y desventajas, etc. Pero ello no era suficiente para mí. ¿Hacia dónde ir?, era mi pregunta de siempre. A ella nadie contestaba.
Percibía hacía tiempo lo que creo firmemente hoy que es la sexualidad, la que abarca íntegramente a las personas, pues los seres humanos no funcionan como objetos sino como seres que piensan, sienten, creen, aman y se relacionan; donde todo lo que ocurre al cuerpo repercute en la psique, y todo lo que la mente produce recae en lo físico. No es correcto enfocar al sexo como algo exclusivamente carnal que termina con una eyaculación o un orgasmo. No es sólo evitar que se produzca un embarazo o se contraiga una infección. El sexo es la relación interhumana más extraordinaria cuando expresa la unión de dos personas que se conocen, aman y desean, cuando manifiesta la responsabilidad de no dañar sus propios cuerpos ni el de sus compañeros, cuando respeta los sentimientos y la libertad de ambas partes. Sólo en un contexto como este es posible el placer íntegro.
El encuentro con la sexualidad es un placer exquisito que no se puede expropiar, es parte del ser humano y es un derecho que se debe vivir con responsabilidad y sin culpa.
La hipocresía de los adultos y su inexperiencia en el trato en este tema conllevan al abandono de los jóvenes, que, desilusionados ante el tropiezo con la vida real, se encuentran desorientados tomando decisiones basadas en irresponsabilidad, temor y culpa que concluyen en el fracaso inevitable.
Es cierto que existe una enorme dificultad para abordar la sexualidad y el adolescente en estos tiempos actuales, donde el elevado nivel de permisivismo y exhibicionismo incitan al sensualismo irresponsable, desmedido, informal y casual, incentivando a una vida “light” en donde todo vale, incluso la manipulación y/o explotación del otro, hechos completamente inmorales.
No tiene sentido seguir pregonando realidades que son inexistentes, sólo sirven para sumir a los jóvenes en el vacío de no saber tomar un camino. El no decir la verdad sobre la sexualidad, prohibirla o negarla, podrá durar un tiempo, pero pronto, llegada la adolescencia, se descubrirá que la realidad no se parece en nada a las mentiras u omisiones sobre la sexualidad. Es allí donde el joven comienza a vivir en una contradicción, en búsqueda de la verdad, y es allí donde estando solo, sin norte ni sur, aprende a los tropiezos. Los daños ocasionados serán una carga pesada que difícilmente logrará superar.
La adolescencia no debe considerarse un mal pasajero, es necesario el conocimiento de las transformaciones a todo nivel que experimenta el joven, y profundizar individualmente en atender a sus creencias, gustos, intereses y expectativas, como una forma de acercarse y conocer a ese adolescente naciente. Darle la espalda no solucionará nada y sólo le dará mayor temor y desconcierto. Esta aproximación es necesaria para que el educador sepa verdaderamente que se está enfrentando a una persona que está creciendo y que trae todo un bagaje que lo condiciona a ser quien es, que tiene un pensamiento y una forma de sentir propia y todo un contexto que lo rodea e influye a ser lo que es. Si no se toma en cuenta estos conceptos fundamentales, la educación sexual se verá destinada al fracaso, cayendo en el error de pensar que la sexualidad es un tema aislado, sin relación con todo lo demás que vivencia.
De todo lo antedicho se desprende que se hace prioritario fomentar ante todo el respeto hacia uno mismo y hacia la otra persona, reivindicando la sexualidad como una cualidad inherente del ser humano y un derecho que se debe ejercer con la debida responsabilidad.
Este tipo de educación sexual hace posible que los adolescentes tomen decisiones a partir del conocimiento y elijan seguros y con plena libertad su camino, sin entrar en contradicciones.

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