Biblioteca OnlineEducación Sexual: aspectos ideológicos y conceptuales

La cumbia villera y la sexualidad

Por Rosana Edith Díaz
Egresada de los Cursos de Formación en Sexualidad de AASES

Mujeres ¿objeto?

En sus letras, la cumbia villera revela matices que la femineidad, en general, y la sexualidad femenina, en particular, actualmente expresa. Partiendo de la representación de la mujer que los sujetos poéticos villeros realizan, es posible comenzar a pensar que existen cambios en el rol femenino en las relaciones de pareja y, por lo tanto, en un modelo de familia que, según la bibliografía sobre grupos populares, es definido como jerárquico, holista y tradicional. El papel activo de la mujer nos pone frente al desafío de repensar la configuración implicada de familia en los sectores populares.

Enamorar a una muchacha virtuosa, casarse y tener hijos con ella, no parece ser el horizonte deseado por los pibes, por lo menos según lo que aparece en las letras de la cumbia villera. Lo que para ellas se plantea es, al mismo tempo, una definición más tradicional del papel de la mujer en su relación con el hombre y una reevaluación de la sexualidad femenina, desplegada tanto por los sujetos poéticos villeros como por las propias mujeres.

El modelo “tradicional” de familia, según la bibliografía sobre clases populares y sobre música popular contemporánea, estaría fundamentada en una representación de ideal o patrón de femineidad – y sus correspondientes desvíos – que podemos ver ejemplificado en la Música Popular Brasileña:

En el imaginario masculino tal como es representado en la Música Popular Brasileña, es la mujer que figura como pivot de ese conflicto entre la necesidad o la obligación de trabajar y el deseo de placer. Ella desempeña simultáneamente dos papeles. Primero, el de representante del mundo del orden – consubstanciado en la institución de la familia – que funciona como agente del principio de realidad, o sea, símbolo de la exigencia de llevar dinero a casa y de la monotonía de lo cotidiano. En el polo opuesto, en la condición de amante, representa una fuente potencial de placer. En este caso, sin embargo, es un personaje peligroso: no estando inserta en el mundo del orden, puede fácilmente transformarse en ‘piraña’ [mujer fácil] y, abandonando al hombre, transformarlo en otario, el reverso del malandra.

En Argentina, un argumento similar podría aplicarse tanto al tango como a la cumbia romántica (aún cuando ésta tematice con picardía una sexualidad menos púdica que la del tango), tanto al cuarteto como a la música folklorica (cf. Cejas et. all., 1995). En la cumbia villera, la mujer también aparecería, desde esa perspectiva, como prostituta
Ay, Andrea! vos si que sos ligera/ Ay, Andrea, qué astuta [puta] que sos/ Ay, Andrea! te gusta la fija [el pene]/ Ay Andrea! qué astuta que sos/ Si pinta [aparece] una cumbia, revoleas tus caderas/ Si pintan los tragos, vos perdés el control/ Si pintan los pibes, revoleas tu cartera/ Y si pinta la guita, nunca decís que no. (Los Pibes Chorros, “Andrea”, Las manos arriba, 2001)
Están también las interesadas:
Me dijiste que me amabas/ que tu amor era infinito/ que la guita no era nada/ que no te importaba un pito/ Pero conociste a un trucho [falso] que la va de diputado/ Ahora sos una chica country/ vivís en barrio privado (Bajo Palabra, “Chica country”, Bajo Palabra, 2001)

Y las traidoras:
Y ahora que estás más gorda/ me dicen papá garrón/si conmigo no lo hiciste/ no, no digas que no/ mi amor (Flor de Piedra, “Papá garrón”, La vanda más loca, 1999)

En esta lógica, los hijos no necesariamente son ‘prueba’ de masculinidad y hasta pueden resultar lo contrario. Ese es el contenido de la idea de “papá garrón”: tener que asumir al hijo de otro, como un otario. Así, si las mujeres son traidoras y engañan, es preferible que engañen con él, y no a él:

Y otra vez, y otra vez, y otra vez, por dejar sola a tu mujer./ Y otra vez, y otra vez, y otra vez, la guampa chata [los cuernos] te va a crecer./ Y otra vez, y otra vez, y otra vez, a tu mujer me la clavé./ Y otra vez, y otra vez, y otra vez, papá garrón te voy a hacer./ Y otra vez, y otra vez, y otra vez, por dejar sola a tu mujer./ Y otra vez, y otra vez, y otra vez, a tu mujer la serruché. (Mala Fama, “Guampa Chata”, Ritmo y Sustancia, 2000)

Aunque las “buenas mujeres”, como ideal mítico o como horizonte a ser alcanzado, están ausentes en la cumbia villera, la de la madre permanece como la única figura femenina valorizada positivamente: Hablá de mi que soy un vago y atorrante/ Pero no de la vieja, que es lo más importante/ pero no de la vieja, sagrado y lo más grande (Meta Guacha , “No me toques la vieja”, Lona Cartón y Chapa, 2000)

Tematizada, de un modo semejante a lo que acontece en el tango o el rock, en canciones como “Amor de madre” (Guachín, Las dos caras de la villa) y “Mamá soltera” (Meta Guacha , Lona Cartón y Chapa), la maternidad preserva la figura femenina, proveyéndola de un aura de sacralidad. Dentro de esta lectura más tradicional, la mujer es el eje de la familia o potencial disruptora de ella, pero siempre objeto pasivo del deseo sexual masculino.

La novedad que la cumbia villera expone radica en los matices que, junto a ella y sin negarla por completo, esa representación plantea. Precisamente, el papel activo de la mujer en las relaciones sexuales. Ella ya no espera el cortejo del hombre, es dueña de su deseo y, si cambia de compañeros sexuales, lo hace en la búsqueda de placer:

Tú bailas de minifalda, qué risa que me da porque se te ve la tanga./ No puedes esperar que te lleven de la mano, que te inviten a un hotel./ No lo hace por dinero, solo lo hace por placer. (Damas Gratis, “Se te ve la tanga”, Damas Gratis, 2000)

La mujer, como sujeto activo de deseo y de la relación sexual, debe ser entendida dentro de un contexto donde comienza a ser valorada la mujer sexualmente experimentada: “Yo las quiero turras, vivas (…) me gustan así, aunque me tenga que bancar las consecuencias.”

Según Francisco Romano Labate, dueño y escritor de las letras de Meta Guacha ,
La mujer ha cambiado su rol en la sociedad, antes tenía un rol inmaculado y en realidad hacía de todo y el hombre sufría. Desde Gardel para acá los hombres somos cornudos, bueno, ahora se la tienen que bancar. Porque ahora disfrutan del engaño y ya nadie quiere vírgenes, ahora cuanta más experiencia sexual, mejor. (IN: Dillon,2001: 4)

La sexualidad masculina aparece con cierta ambigüedad, manifestada en la propia representación de una femineidad activa, aunque no más necesariamente ordenadora. Si, fuera de la figura materna, no existe otra cosa que las tradicionales mujeres fáciles, éstas pueden, sin embargo, ser valoradas exactamente por aquello que son: mujeres sexualmente activas, amenazantes y, tal vez por ello, atractivas. La aparición de un matiz específico en la sexualidad femenina – y su correlato en la relación con el hombre – da cuenta de la necesidad de pensar a la familia teniendo en cuenta la evaluación situacional de la posibilidad de que todas las mujeres sean “putas” y que esto, a veces sea considerado estigma y, otras, sea positivamente valorizado.

El coito

En cuanto a las diferencias eróticas entre los argentinos, probablemente son las mismas que, la sexualidad en sí, revela entre las sociedades del Primero y del Tercer mundo. Se observa que, en los países y sectores con mayor capacidad de acceso a los cambios tecnológicos, la interactividad (PC, multimedia, etc.) tiende a rebajar las diferencias entre opuestos históricos: real-virtual, actor-público, verdad-mentira.

Mientras las encuestas indican que las relaciones sexuales no aumentan en su frecuencia, internet y los medios difunden una pornografía posmo en la cual la realización de la cópula suele diluirse en un exceso virtual o teatral.

Si la “revolución sexual” que ven la TV y los medios sucediese en la cotidianidad, la vida sería insostenible. En verdad, lo que sucede es algo que vaticinó Roland Barthes: “Ahora el sexo está en todas partes, salvo en la sexualidad”.

Pero lo cierto es que la superoferta de signos sexuales, al aflojarse la restricción mediática y en la era del sida, va eclipsando la demanda concreta de sexo. Y la apología del erotismo más que expresar una liberación revela la entrada del sexo como valor de uso y de cambio en la economía de mercado.

En una sociedad en la que todo el deseo ha pasado del lado de la oferta, la imagen de la mujer se ha convertido en la catapulta del marketing. Y la figura femenina, elegida como la más bella no desde siempre pero sí desde hace varios siglos, es la prueba principal del ingreso del cuerpo en la economía política. Esto ha hecho que prevalezca en la moda una simulación durante la cual, el cuerpo de la mujer, vestido, deba parecer más desnudo que sin ropa.

La publicidad imperante recurre menos a lo deseante (el falo eréctil masculino), y más a lo deseable (femenino). La mujer, entonces, debe hacer un trabajo de fetichización sobre sí misma y, gracias a la cirugía y a los accesorios, transformarse en maniquí.
Jean Baudrillard narra dos chistes sobre la falsificación del cuerpo femenino: en el primero una strip-teasera, al final del número y ya desnuda, se destapa el ombligo… y se desinfla hasta quedar hecha un montoncito de piel sobre el escenario. En el segundo, le ofrecen a una niña una muñeca que orina y la rechaza diciendo: “Eso también lo hace mi hermanita. ¿No pueden darme una de verdad?”.

En los sistemas con mayor volumen de consumo se reduce la disparidad entre mujer y varón. Si el deseo antes surgía de las diferencias entre uno y otro, ahora surge cada vez más de la semejanza psicológica.

La liberación femenina y el cansancio masculino ante el hecho de tener que representar el rol activo impone una tendencia transexual en ambos. Vale entonces la queja femenina de que “ya no hay hombres”, pero es muy parecida al reproche de esos hijos cuyos padres, aduciendo desearles mayor libertad, ya no se hacen cargo de los hijos.

La sexualidad del Tercer Mundo, en cambio, vive un sexo pre-global. El primer dato tiene que ver con el orgasmo femenino que, como indican las encuestas y la clínica, se ha vuelto en gran medida dependiente de la caricia clitoridiana. En sectores con mayor acceso a la información específica, la masturbación clitoridiana es algo que el varón re-devela a la mujer (muchas veces ella, luego de una adquisición infantil, ha sepultado esa etapa bajo cierta amnesia). Y lo propio de este tipo de contacto es dejar entre paréntesis la importancia del pene ya que, para el varón, representa –de paso– una manera de zafar ante el riesgo de la detumescencia genital.

Pero en los sectores marginados, donde el machismo y el coraje suelen convertirse en un arma contra la frustración, el varón no puede prescindir del pene erecto. Y desconfía, también, por ejemplo, de cualquier sensibilidad anal, a la que asocia directamente con la homosexualidad, en un medio en el que “maricón” es un insulto grave.

Sobre esta diferencia, usada como arma publicitaria, se puede recordar que, algunas manifestaciones peronistas para denotar su composición de clase baja cantaban que “las mujeres radicales votan a su partido pero cogen con los peronistas”.

Michel Foucault señaló que, también la sexualidad humana, es un fenómeno que proviene de un proceso de producción de discurso, de palabra y de deseo. Y a esa elaboración se refiere quien escribe cuando habla de “lenguaje crudo” o “con exceso de cocción”.

Las letras de la llamada cumbia villera son un ejemplo de lenguaje descarnado: “…el vino me pegó. Y te veo con mi amigo entregándole el marrón” (Grupo Flor de Piedra). “No te hagas la nena de mamá, porque ese olor a leche que sale de tu boca, la vaca no lo da” (“La piba lechera”).

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