Biblioteca OnlineEducación Sexual: aspectos ideológicos y conceptuales

Hacia una sexualidad sana, responsable y placentera

Objetivos, compromisos y desafíos de una comprensión integral de la sexualidad

Por: HEREDIA, GABRIELA FABIANA; PÉREZ, HÉCTOR ERNESTO; RODRIGUEZ, FERNANDO JOSÉ y SUBIA, GLADYS GABRIELA – Egresados del Curso de Formación en Sexualidad Humana de AASES

Introducción

El ejercicio de una sexualidad sana no puede concebirse sin el sentido ético de una responsabilidad de quien la lleva a cabo pero tampoco puede reducirse a la simple explicación de un acto natural al cual una persona, en determinados momentos, debe sentirse obligada a recurrir por el sólo hecho de su condición humana, en tanto ser con unas características biológicas y fisiológicas bien definidas y para saciar ciertos instintos.
El sentido de este trabajo está orientado a exponer algunas razones y consecuencias de esta afirmación ya que creemos que una práctica de la sexualidad debe perseguir la plena realización de las necesidades afectivas, emocionales y volitivas del hombre y la mujer. Para ello, intentaremos dar cuenta de toda una serie de cuestiones que afectan a la conformación discursiva de la sexualidad en tanto objeto de un saber pedagógico, de problematizaciones sociales y culturales, de prácticas de evasión, mitificación o prohibición en la vida común de las personas, en sus actos y en sus gestos cotidianos.
El problema de la sexualidad ha planteado y plantea complejos desafíos en el marco de nuestra vida social y en el ámbito de nuestra labor de educadores, comprometidos en la formación y el desarrollo integral, moral y socio-afectivo de niños y adolescentes. Creemos que la exposición y análisis de las principales razones históricas, sociales y culturales acerca de los temas que siempre se han vinculado al ámbito de la sexualidad, esto es, educación sexual, hábitos sexuales, disciplinas que la estudian, problemas sobre el sexo, es decir, la consideración del conjunto de las prácticas en torno a la sexualidad es fundamental si lo que queremos es tener una visión más precisa acerca de lo que supone un ejercicio sano, responsable y placentero de la sexualidad.
Intentaremos en este trabajo identificar los ejes alrededor de los cuales la sexualidad se constituye como problema y objeto de estudio por parte de diferentes ámbitos de discurso: científicos, pedagógicos, religiosos, y por otro lado, será nuestro interés develar nuestra posición como educadores en el entorno de una lucha de “saberes” acerca de esta materia, especialmente “problemática”, para poder así lograr una mejor comprensión de todo el fenómeno y definir de una manera más efectiva nuestro rol de educadores en sexualidad humana, según los principios que consideramos esenciales para su consideración: salud, placer, plenitud y responsabilidad.

1. Las problemáticas de la sexualidad y la necesidad de su comprensión en el contexto de los discursos científicos, pedagógicos y políticos

El problema de la sexualidad ha sido cubierto por diferentes discursos a lo largo de la historia, en nuestra cultura occidental. No es difícil para nosotros advertir que la cuestión del sexo ha tenido siempre necesidad de revestirse de un discurso especializado que pudiera hablar con propiedad y fundamento sobre dicha materia. De esa manera fue posible establecer todo un marco normativo y regulatorio que legitimara las prácticas sexuales de la sociedad y definiera los límites dentro de los cuales los individuos estaban habilitados para ejercerlas y para hablar o conocer sobre ellas.
Según Aller Atucha , las diferentes concepciones sobre sexo y sexualidad han tenido diferentes evoluciones a lo largo de nuestra historia: las primitivas culturas de la Antigüedad, donde los órganos reproductivos tenían un valor simbólico-sagrado, propiciaban la divinización del sexo; reproducción y sexo estaban ligados íntimamente como celebración de un Rito mistérico. Luego, durante el desarrollo de las primeras sociedades urbanizadas y la Ciudad Estado, el sexo fue perdiendo gradualmente su carácter mítico para tomar el valor natural de un instinto propio del “animal humano”, hay en esta etapa una naturalización del sexo y como consecuencia de ella, una distinción entre sexo y reproducción; el sexo se materializa y corporifica. Una tercera etapa corresponde a la Civilización Cristiana, en la cual los valores espirituales tienen gran preponderancia, el espíritu afirma su superioridad por sobre la materia y el ideal cristiano del individuo consiste en el dominio de sí, la represión de los apetitos sensuales.
Finalmente, según el mismo autor, la sexualidad y el sexo de nuestra época estarían marcados por el fin de la Segunda Guerra mundial, donde el valor sexo ha provocado una verdadera eclosión en nuestras prácticas cotidianas y tiende a manifestarse por todos los medios posibles. Es en este contexto donde debemos pensar las relaciones con la sexualidad teniendo en cuenta el fundamental cambio de actitud con respecto a esta vieja cuestión que se ha omitido, escondido o restringido en un campo de discurso “especializado” a lo largo de las diferentes etapas de nuestra cultura occidental. Según Aller Atucha, este cambio de actitud se manifiesta en una clara separación entre sexo placer y sexo reproducción, producto de nuevas costumbres en nuestra sociedad, como la popularización y el acceso masivo a los anticonceptivos modernos.
Revisaremos ahora la manera en la que el discurso pedagógico sobre la sexualidad se ha constituido como correlato de esas diferentes etapas a las que Aller Atucha hace referencia. En el mismo estudio, este autor caracteriza diferentes propuestas metodológicas en los programas de educación sexual y despeja las implicancias ideológicas a las que ellas refieren. Aller Atucha caracteriza nuestra época como dominada aún por una concepción sobre sexo y prácticas sexuales que mantiene su arraigo en la cosmovisión judeo-cristiana: el sexo oficial, es decir, el sexo caracterizado por su índole heterosexual, monogámica, matrimonial y reproductiva, sin posibilidad de otra alternativa de sexualidad fuera de aquellos límites funcionales, morales y socio-económicos. Las diferentes consideraciones que se han hecho acerca del “hombre”, en tanto “valor” y “concepto”, desde diferentes ámbitos del discurso, sólo han tomado en cuenta, según este autor, y de forma taxativa, un aspecto de la persona, una sola dimensión: espiritual, orgánico-biológica, mecánica, funcional. Ninguna de estas consideraciones ha considerado al hombre de manera integral, y responden, según Aller Atucha al mismo dualismo de la cosmovisión judeo-cristiana. En este sentido, puede hablarse entonces de diferentes acercamientos metodológicos sobre sexualidad según cuál sea la dimensión considerada: una concepción moralista toma en cuenta sólo la dimensión espiritual y limita la práctica sexual a la necesidad de procreación y conservación de la especie; en esta concepción, los saberes sobre sexo se ordenan sobre fuertes restricciones y prohibiciones. Una concepción erótica que sólo puede pensarse como contrapartida a la anterior y donde el placer sexual no tiene vinculación a la función reproductiva sino que es ponderado como un fin en sí mismo; es esta concepción la que sirve de fundamento ideológico a muchas de las prácticas mercantiles en el contexto de “aldea global” de nuestra sociedad capitalista. La concepción biologista identifica sexo, genitalidad y reproducción, en el sentido de que un organismo vivo sólo puede ejercitar su sexualidad con fines reproductivos; es esta concepción la que ha delineado durante las primeras décadas los acercamientos de la pedagogía en materia de sexualidad : en ella, la idea de “educación sexual” se reducía a la transmisión de toda una detallada serie de informaciones, científicamente avaladas, sobre la función biológica y fisiológica de la reproducción.
Otras dos concepciones se relacionan con esta última: una mecanicista y otra patologista: en la primera “se pretende solucionar problemas vivenciales mediante la enseñanza de mejores técnicas sexogenitales” ; la mayor o menor satisfacción de la respuesta sexual del individuo depende del buen acoplamiento, es decir, del buen uso de esos “mecanismos” a los que el individuo queda reducido según esta concepción. La segunda, pone énfasis en el análisis y estudio de las enfermedades de transmisión sexual; su orientación pedagógica se funda en la enseñanza de los aspectos problemáticos relacionados al ejercicio de la sexualidad, en tanto afectan a la salud del individuo y a la de la sociedad.
Existe otra concepción, según Aller Atucha, que intenta integrar las diversas dimensiones del hombre. Sin embargo, cae también en un reduccionismo al dejar de lado el componente existencial del hombre para sólo considerarlo como unidad bio-psicosocial; las respuestas que se ofrecen desde esta metodología se enuncian con la pretensión de ser incontrovertibles y precisas.
Si pensamos en un ejercicio responsable, placentero y saludable de la sexualidad hemos de pensar también en los medios a través de los cuales un individuo puede forjar un saber y una experiencia acerca de su propia sexualidad, no sólo como ser animado racional y sensible, con características únicas e intransferibles, sino también como individuo que forma parte de un conjunto más amplio y complejo donde transcurre su vida en convivencia con otros. La educación es la herramienta más importante de la que dispone una persona para su formación integral. Sólo una concepción que haga una revisión crítica acerca de las ideologías, fundamentos y cosmovisiones que se enuncian en cada corriente metodológica educativa sobre sexualidad puede identificar e integrar los diversos aspectos vitales de un ser humano, y no privilegiar únicamente alguno de ellos, ya sean estos mecánicos, biológicos, morales, o patológicos.
Una concepción como la propuesta por Aller Atucha se orienta según estos objetivos; la concepción dialógica problematizadora se fundamenta en una revisión crítica de los componentes ideológicos de cada una de las propuestas metodológicas en sexualidad como hemos visto. En este sentido, la tarea del educador u “orientador” en sexualidad es de primordial importancia y por ello es fundamental su tarea crítica sobre los conceptos y conocimientos en este campo, tanto como el ejercicio que sobre sí mismo debe realizar con el fin de observar sus propias actitudes y valoraciones respecto al fenómeno de la sexualidad y sus diversas manifestaciones; es necesaria una operación dialéctica que medie entre las diferentes propuestas para conocer y valorar su funcionalidad en tanto cada una de ellas recubre alguna de las dimensiones del hombre, según hemos expuesto, y que además sirva de instrumento para situar la problemática de la sexualidad en un sentido histórico, como un fenómeno no solamente natural sino también social y cultural.
Es por ello que la educación en sexualidad y la formación de los individuos, tanto de los propios educadores como de los educandos, tiene vital importancia. Sobre todo en épocas y contextos sociales como los nuestros, donde no es difícil advertir en materia de sexualidad-educación sexual, embarazos indeseados, abortos, violencia sexual, etc.- la urgencia de una articulación conveniente y eficaz de propuestas pedagógicas integradoras y políticas de estado.

2. Las prácticas de la sexualidad: discontinuidades y transformaciones. Los desafíos de una articulación eficaz entre sexualidad, subjetividades y sociedad

En esta segunda parte de nuestro trabajo expondremos algunas de los problemas relacionados con las manifestaciones de la sexualidad y su repercusión en nuestra sociedad actual, en el contexto de nuestro país, sobre todo entre los adolescentes, y los confrontaremos con una serie de datos estadísticos para comprenderlos mejor en tanto responden a un contexto social complejo donde intervienen políticas de estado en materia de sexualidad y las prácticas culturales que organizan el campo de la experiencia de la sexualidad.
Los profundos cambios en las costumbres de hombres y mujeres respecto de su sexualidad y de sus ideas sobre el sexo se acrecentaron como hemos visto, después de la Segunda Guerra mundial, estimulados por descubrimientos como la píldora anticonceptiva. El desarrollo de estos conocimientos sobre sexualidad llevaron progresivamente a una separación entre dos actitudes en la práctica sexual: sexo en función del placer y sexo para la reproducción .
Las consecuencias de esas investigaciones científicas y de los cambios en las relaciones entre hombre y mujer pueden encontrarse en las profundas transformaciones de la sociedad de fin de siglo y en la serie de hábitos con los que cada persona experimenta, piensa y ejercita su sexualidad. Un ejemplo de ello es que, a diferencia de otras épocas, entre los más jóvenes el inicio sexual se da a edades más tempranas . La consideración de este fenómeno tiene un gran interés para develar las relaciones entre las insuficientes políticas educativas y las preocupantes cifras estadísticas que dan cuenta de manifestaciones sexuales tempranas. En este contexto, los adolescentes resultan ser los más vulnerables.
Las consecuencias negativas de un ejercicio de la sexualidad caracterizado generalmente por una falta de comprensión sobre la propia conducta y sobre la propia responsabilidad, se manifiestan en el incremento del numero de adolescentes que se convierten en madres, todo ello en un difícil contexto socio-económico, donde ellas deberán cargar con el temprano peso de una responsabilidad que, en la inmensa mayoría de los casos, no se ha buscado: al problema de la falta de conocimiento y experiencia sobre la propia sexualidad se suma la grave decisión de recurrir al aborto. Según cifras oficiales del Ministerio de Salud de la Nación, cada año 107.109 chicas dan a luz y un tercio del total de las muertes de mujeres de entre 15 y 19 años es producto de un aborto; en la Argentina, el 15% de los embarazos, en general, se producen en adolescentes de entre 15 y 19 años.
Según estimaciones de la OMS, se realizan aproximadamente 50 millones de abortos por año en el mundo, casi la mitad de ellos, de manera clandestina y uno de cada diez nacimientos es de una madre quien a su vez es una preadolescente. Según estas estadísticas, cada ocho minutos una mujer muere debido a prácticas abortivas ilegales en países desarrollados. El dato es más crudo aún si se refiere a casos particulares: en Argentina se practican unos 500.000 abortos clandestinos anualmente y provocan la muerte de una mujer cada tres días (más de un tercio de la mortalidad materna anual).
Estos datos nos muestran que el problema de los embarazos no deseados y las muertes por abortos no sólo afectan a las franjas de población más joven, también revelan las inconsecuencias entre los discursos oficiales y su puesta en práctica. Actualmente, diversas organizaciones exigen la despenalización del aborto pero son fundamentalmente voces femeninas las que llevan adelante esta lucha. El fundamento que ampara su acción es preservar la vida de mujeres que sin capacidad económica, social o física, se constituyen en las potenciales víctimas de los abortos clandestinos.
Las preocupantes cifras de estas estadísticas hacen pensar que en nuestro país los discursos y las prácticas necesitan con urgencia ser articulados eficazmente. Nuestro compromiso como ciudadanos responsables y nuestra acción como educadores deben orientarse en tal sentido. Es necesario integrar en nuestra concepción, en nuestras ideas sobre sexualidad y educación sexual, todos los aspectos y dimensiones a las que hacíamos referencia en la primera parte de este trabajo. No podemos desconocer tampoco, que desde las políticas oficiales se han instrumentado medidas necesarias para combatir los efectos indeseados de una insuficiente formación en sexualidad: los Derechos sexuales y reproductivos están protegidos por nuestra Constitución (art. 19 y33) y los tratados internacionales que la integran, uno de los más significativos, la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer. En el contexto global de las políticas de salud, la sexualidad ha ido adquiriendo desde no hace mucho tiempo un peso fundamental en las decisiones finales: como ya hemos visto, a lo largo de nuestra historia reciente estas problemáticas se han hecho cada vez más evidentes y han necesitado de las respuestas gubernamentales a nivel mundial.
La socióloga e investigadora Susana Checa señala que los conceptos de salud reproductiva, la salud sexual y los derechos sexuales y reproductivos “están profundamente imbricados, son sustantivos a la vida de las personas y no pueden ni deben ser considerados de manera independiente unos de otros” (Checa: 2005,
p.1). Las políticas nacionales en la materia han sido posibles en un contexto global donde el ejercicio de la sexualidad configura nuevas prácticas sociales y nuevos espacios de posibilidad para esas prácticas: es todo un nuevo escenario social y político y el silenciamiento u omisión constituyen generalmente la reacción típica frente lo nuevo: entonces surgen manifestaciones que dan cuenta del fenómeno, en los discursos, en los hábitos, en nuestra experiencia cotidiana. La inequidad de género y la de clase, los derechos de las minorías sexuales, la maternidad libremente elegida o el derecho al aborto dan cuenta de ello.
En el contexto internacional, la OMS y la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo (CIPD) han orientado sus objetivos en materia de salud sexual y derechos sexuales teniendo en cuenta estos profundos cambios de nuestra época contemporánea. No está demás citar el texto de la OMS al respecto: “La Salud reproductiva es un estado general de bienestar físico, mental y social, y no de mera ausencia de enfermedades o dolencias, o en todos los aspectos relacionados con el sistema reproductivo y sus funciones y procesos. En consecuencia, la salud reproductiva entraña la capacidad de disfrutar de una vida sexual satisfactoria y sin riesgos y de procrear, y la libertad para decidir hacerlo o no hacerlo, cuándo y con qué frecuencia. Esta última condición lleva implícito el derecho del hombre y la mujer a obtener información de planificación de la familia de su elección, así como otros métodos para la regulación de la fecundidad a su libre elección y el derecho y acceso a servicios de salud apropiados que permitan a las mujeres gravidez y partos seguros y proporcionen a las parejas la mejor chance de tener una criatura saludable.” (Checa: 2005, p.2)
La dimensión de la sexualidad del hombre, de su salud sexual, del uso de sus placeres, de lo que puede conocer acerca de ello, todo eso ha necesitado integrarse en la consideración de sus derechos individuales, como sujeto de derecho. La escisión entre sexo reproducción y sexo placer que señalamos en la primera parte tiene aquí su correlato político a nivel global: las políticas de control de natalidad y de reproducción de post-guerra fueron regidas en el marco del funcionamiento económico de una nación pero luego fue evidente que esas transformaciones culturales y científicas (desarrollo de medio anticonceptivos, sexualidades alternativas, movimientos feministas, etc) respondían a un cambio de paradigma mucho más amplio. Como señala Checa, se produce un cambio, de un paradigma poblacional, asentado fundamentalmente en políticas demográficas de planificación familiar, por el de los derechos sexuales y reproductivos (Checa: 2005, p.3). Este cambio provocó un cambio de sentido y de valor de lo que tradicionalmente se consideró desde siempre el rol de la mujer, en su carácter de reproductora generacional; dicha función fue “naturalizada” en nuestra cultura y se hizo extensiva a las restantes funciones vinculadas a la maternidad, crianza de los hijos y tareas reproductivo-domésticas: (Checa: 2005, p.3).
Si ponemos en contexto estas consideraciones histórico-culturales con los datos con los que hemos iniciado esta segunda parte del trabajo comprenderemos mejor de qué manera las nuevas expresiones de la sexualidad en nuestros tiempos necesitan ser articuladas con las políticas oficiales. La ardua problemática de los embarazos no deseados, de los abortos y de su repercusión negativa en la salud física y psíquica de jóvenes y adolescentes necesita ser pensada teniendo muy en cuenta las variables históricas, culturales, políticas y económicas. Es interesante lo que dice Aller Atucha con respecto al papel de la mujer y su sexualidad en relación con el entorno familiar: la legitimación de la práctica de la sexualidad femenina sólo acontecía en el entorno de la familia, el matrimonio y los rituales de iniciación sexual ; hoy ya puede hablarse de un ritual vacío de contenido en nuestras sociedad urbanizadas y eso requiere en nosotros una reflexión acerca de la hipocresía que recorre muchas de nuestras ideas, prejuicios y hábitos, acerca de la sexualidad. Lo que señala Checa también ayuda a comprender mejor la relación entre el rol de mujer en nuestra sociedad y los profundos cambios de nuestra época, con toda la estela de efectos indeseados que ya hemos señalado:

“Esta naturalización atribuida a la maternidad se traduce en muchas mujeres en un campo de tensión entre la sexualidad y la procreación, que en el imaginario femenino se manifiesta en una imbricación entre ambas y por lo tanto la subsunción de la sexualidad a la procreación. Su consecuencia se expresa en las limitadas posibilidades de las mujeres para poder gozar de una sexualidad independiente de las consecuencias procreativas (Checa: 2005, p.3)”,

Según esta autora, esas discontinuidades entre problemáticas de sexualidad y respuestas gubernamentales a las que hemos hecho referencia antes, se dan como resultado de una falta de articulación necesaria entre el plano de los acontecimientos individuales (embarazos no deseados, muertes por abortos clandestinos, enfermedades de transmisión sexual, etc) y el plano de las decisiones gubernamentales y demás instituciones del Estado (la regulación e implementación de las leyes y su efectivo cumplimiento):

“[…] para poder hacer efectivos los derechos sexuales y reproductivos es necesario asegurar las condiciones sociales imprescindibles que los permitan y garanticen. Estas condiciones incluyen el bienestar social, la libertad política o la seguridad personal, condiciones que dependen de factores culturales, sociales, materiales y estructurales como son el acceso a la educación, el trabajo remunerado, la accesibilidad a los centros de salud y servicios de salud de calidad, entre otros. La existencia de estas condiciones involucra necesariamente al Estado y sus instituciones, básicamente las correspondientes a la salud, la educación y el bienestar social, para implementar, asegurar y difundir estos derechos.” (Checa: 2005, p.3)

El acceso a la educación tienen entonces tanta importancia como la disponibilidad de recursos y servicios en salud. Es fundamental la información en sexualidad y los mecanismos que garanticen el acceso y el uso democrático de esa información por parte de los individuos. Pero a los beneficios de la información se oponen los riesgos de una “sobre-información” que sature los mismos canales que facilitan ese acceso. De ahí que se necesite apelar a recursos de mayor alcance y de efectos más inmediatos, como por ejemplo, spots publicitarios. Según un informe periodístico , en seis años, el Congreso nacional aprobó una serie de leyes para que, a partir de los 14 años, las mujeres tengan acceso a preservativos y anticoncepción gratuita, para que se puedan ligar las trompas cuando deciden no tener más hijos, para que accedan a medicación gratuita las mujeres con sida y para que en los hospitales les den anticoncepción de emergencia y un kit de prevención del contagio de HIV y enfermedades de transmisión sexual a las que llegan a atenderse después de una violación. Toda esa información difícilmente podría ser conocida por un amplio porcentaje de la población, no únicamente femenina. Estos recursos de difusión masiva de información sobre derechos sexuales y reproductivos son válidos pero necesitan acompañarse con el compromiso de los actores sociales que tienen un contacto directo con los acontecimientos, como es el caso de los educadores en sexualidad. Es desde esa posición marcada por el fuerte sentido del compromiso y la responsabilidad donde se percibe con más evidencia la necesidad de articulaciones entre políticas de estado y prácticas culturales, entre subjetividades y sociedad.

Conclusiones

La sexualidad no puede entenderse sin considerar el amplio contexto de las prácticas culturales, de los conocimientos de los que dispone un individuo, de sus hábitos cotidianos, de los contrastes entre épocas relativamente recientes, de las diversas actitudes que los individuos y las instituciones adoptan frente a las densas problemáticas del sexo y sexualidad.
Hemos tratado de hacer evidente, a lo largo de este trabajo, toda una serie de manifestaciones de amplia repercusión histórica que han ido irrumpiendo en nuestra cultura como síntomas de las profundas transformaciones culturales, sociales, económicas y políticas. Al nivel de las prácticas, de lo que los individuos hacen o dejan de hacer; al nivel de los discursos, de lo que se dice, de lo que se deja de decir, esas manifestaciones pueden comprenderse como expresión profunda de una forma de experiencia de la sexualidad, es decir, de lo que se percibe, se de lo que es posible pensar, de lo que se siente y se vive acerca de sexualidad; forma de una experiencia que tiene rasgos propios y característicos que la diferencian de las concepciones, actitudes e ideas de la sexualidad de otras épocas.
Las condiciones de posibilidad de una sexualidad sana, responsable y placentera, ocurren en ese contexto de transformación y cambio. Pero los cambios en sexualidad no siempre provocan los mismos efectos, ni se dejan aprehender como una superación positiva de un estado anterior. En un estudio acerca de las diversas posibilidades de la sexualidad, la psicóloga Pugliese expone una inversión en las relaciones de poder de los discursos acerca de la sexualidad : los movimientos en defensa de los derechos de las minorías sexuales (que se cifran en expresiones como “orgullo gay”) irrumpen desde los bordes de las hegemonías del sexo oficial pero pronto adoptan las modalidades expresivas del discurso establecido, con lo cual terminan asumiendo pretensiones de hegemonía en su lucha por su reconocimiento identitario alternativo. El desafío, según la autora, reside en pensar esas identidades, esas “opciones de sexualidad” de los sujetos, sin recaer en los modos de afirmación propios de los grupos identitarios tradicionales e inamovibles. Es necesario pensar en posibilidades diferentes de articulación entre género y sexualidad, que reclaman para sí la afirmación de una sexualidad que se disfruta fuera de los cánones establecidos. Lo que la lucha feminista ha ganado para la constitución de nuevos discursos es fundamental: toda una nueva teoría acerca del género ha ayudado a comprender de una nueva manera las relaciones entre hombre-mujer y las prácticas, no sólo como categoría biológica y construcción intrapsíquica, sino como un “sistema sexo-género que anuda diferentes identidades sexuales, ampliando las categorías antes pensadas”.
Otra expresión que ha sido problematizada con estos cambios ha sido el matrimonio: también en este caso, según muestra Pugliese, se presentan los mismos desafíos que en el caso de las luchas de las minorías . La nueva posición que ha ganando la mujer a través de sus luchas por una liberación efectiva de los roles en que siempre se ha visto encasillada no siempre ha tenido un correlato en la forma matrimonial. Pugliese expone diversos estudios en los que se devela que las asimetrías en la relación hombre-mujer en lugar de ser superadas en el contexto de una nueva sexualidad, son acentuadas bajo el maquillaje de una liberación sexual, de un nuevo uso de los placeres (“el deber del placer”), de una apariencia de liberalismo. En el contexto de una supuesta discontinuidad en las prácticas, se prolongan y se continúan los ejercicios de una sexualidad tradicional-hegemónica.
Estos análisis resultan de vital importancia si pensamos que nuestro objetivo debe orientarse hacia una práctica de la sexualidad que debe resultar placentera para quienes la ejercen, que debe ser pensada y vivida responsablemente por parte del individuo, que tiene consecuencias no sólo sobre su salud sino en el estado general de la sociedad. Desde nuestro rol de educadores, análisis como los que hemos mencionado anteriormente deben prevenirnos sobre los peligros que entraña una insuficiente labor de comprensión acerca de los temas sobre sexualidad: nos advierten acerca de la necesidad de comprender la sexualidad, considerando toda una densa red de fenómenos si lo que se busca es orientar convenientemente en sexualidad, ayudando a forjar una comprensión integral de las diversas formas de su expresión. En definitiva, una educación en sexualidad, que sin olvidar la perspectiva biológica y fisiológica, no se reduce a la simple información de datos científicos sino que toma en cuenta las diferentes actitudes que los sujetos pueden tener respecto al sexo y pone especial énfasis en la construcción de un pensamiento crítico orientado a la revisión de los conceptos, el análisis histórico-cultural de las prácticas y sus complicadas transformaciones, el funcionamiento de los discursos acerca de la sexualidad, que legitiman o imponen, permiten, dejan hacer o reprimen las manifestaciones a nivel de los individuos.
El placer, la responsabilidad y la salud serán términos complementarios y no podrá haber entre ellos posibilidad de contradicción. El ejercicio de una sexualidad orientada a la realización plena de la persona no debe olvidar la consideración de los múltiples problemas de su entorno, la necesidad de resolver esa discontinuidad entre de las políticas oficiales y los peligros reales a los que se ven expuestos los individuos. Las diferencias entre el sexo con fines de reproducción y las posibilidades del ejercicio sexual que no se realiza con fines reproductivos; la forma tradicional de un sexo oficial y los conflictos con otras posibilidades de sexualidad; el acceso a la información, el legítimo ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos: la comprensión de esos elementos y de su interacción, la repercusión que ellos tienen en nuestras vidas serán la clave para ayudarnos en nuestra tarea.

Bibliografía consultada

Aller Atucha, Luis Ma. Introducción a la pedagogía de la sexualidad humana. Una
aproximación ideológica y metodológica, en Cartilla de la AASES: Sexualidad Humana para la Orientación y Educación de jóvenes y adultos (Módulo 1). Pinamar, 2009.

Educación sexual en Argentina. La historia que yo viví. en
Cartilla de la AASES: Sexualidad Humana para la Orientación y Educación de jóvenes y adultos (Módulo 1). Pinamar, 2009.

Las fronteras de la sexualidad en Cartilla de la AASES:
Sexualidad Humana para la Orientación y Educación de jóvenes y adultos (Módulo 1). Pinamar, 2009.
Cárdenas, E., y
Leah Tandeter Derechos sexuales y reproductivos en argentina: una revisión de
la legislación y la jurisprudencia. Bs. As., CONDERS, 2008.

Checa, Susana Salud y derechos sexuales y reproductivos, en Revista
Encrucijadas. Universidad de Buenos Aires, Nro. 39, 2005.
Diario
Crítica de la Argentina Cada 5 minutos, una teen tiene un bebé, 26/09/2009

Las famosas hablan de salud sexual, 30/05/2008

Pugliese, Alicia Sexualidades en Cartilla de la AASES: Sexualidad Humana
para la Orientación y Educación de jóvenes y adultos. Módulo 1. Pinamar, 2009.

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