Biblioteca OnlineEducación Sexual: aspectos ideológicos y conceptuales

Educación sexual: un proceso comunicativo

Por Dra. Eleonora Ferrari Laguzzi
Egresada de los Cursos de Formación en sexualidad de AASES

Para ayudar a los educandos a vivir su sexualidad con autonomía, compromiso y placer se hace necesario un educador con una formación personal y profesional sólida y definida, que sea capaz no solamente de emitir información en base puramente a la ciencia, sino también de considerar de forma primordial que se relaciona con seres humanos, quienes poseen su propia cultura. Esto se torna de enorme relevancia para el educador quien debe entregar una parte de sí mismo, en cuanto a tiempo, dedicación y vocación, adecuándose al conocimiento de las creencias y los ideales de sus educandos a fin de construir, guiar y compartir un diálogo apropiado a su audiencia.
La cultura, según Horacio Andrade Rodríguez de San Miguel, involucra un conjunto de valores con ideales compartidos, cualidades y pautas deseables de conducta, que proporcionan parámetros y producen una identificación emocional con ellos; y un conjunto de creencias con proposiciones reconocidas como verdaderas, independientemente de su validez objetiva, que se aceptan racionalmente, y son comúnmente aceptados conciente o inconcientemente por los miembros de un sistema cultural. Este último está constituido por el conjunto de valores y creencias que comparten las personas que pertenecen a él y por las diferentes formas en que se manifiestan esos valores y creencias, donde se establece una relación de interdependencia dinámica: por una parte, la cultura se refleja en sus manifestaciones; por otra, las manifestaciones alimentan y enriquecen a la cultura.
El educador sexual cumple una delicada y difícil tarea, la de sumergirse en la cualidad más íntima del ser humano, su sexualidad. Esta dificultad que se le presenta se ve influenciada por tratarse igualmente de un ser humano, que trae aparejada su propia cultura, con sus sistemas de creencias heredadas e ideas aprendidas, creadas y experimentadas.
El bagaje que lleva el educador según su experiencia de vida da origen a sus conceptos sexosóficos, los cuales se verán indefectiblemente presentes en la educación que imparta a sus educandos. Esto no puede apartarse totalmente del diálogo con sus educandos, ya que sería irreal e improbable, pues, no es posible subordinar al hombre que existe dentro para poner a funcionar una máquina científica; lo que piensa, cree y siente es parte de su motor como educador, lo cual incluso en algún punto lo llevó a esta práctica. Pese a esto será conveniente que el educador considere necesariamente desligar, en la mayor medida de lo posible, su ideología para no caer en una transmisión absorbida de lecciones de su vida particular. Deberá incurrir en la labor de no impregnar esos conocimientos y consejos otorgados a sus receptores, sobre todo si pudiesen resultar perjudiciales para los demás. Esto le permitirá una apertura mayor hacia ellos, con una disposición amplia y favorecedora de recepción y aceptación de otros, impidiendo crear una plataforma en base a conceptos según su moral.
Es prioritario que el educador sostenga las columnas sobre la educación que imparte en los pies de la ciencia, pues no es justo ofrecer una educación basada en lo que el educador conceptúa como ser humano; de ser así estaría imponiendo sus propios sistemas de creencias, limitando la libertad de pensamiento de los otros e incluso a veces, causando daños graves.
La educación sexual implica un proceso de comunicación, lo cual es crucial en cualquier transcurso de relación entre personas.
El concepto de comunicación basado en Pedro Avejera hace referencia a un proceso de relación con un carácter dinámico y cuya finalidad es no sólo proporcionar conocimiento o transferirlo, sino también generar, inducir, producir, conservar y/o transformar conocimientos, actitudes o sentimientos a la población objetivo.
Es dable pensar, por lo tanto, que la construcción de esta relación estaría influida por las diferencias socioculturales y de intereses de sus componentes: educador y educandos. Estas diferencias naturales se ven apoyadas por la posición que ocupa cada protagonista, el que sabe y el que no. Es aquí donde el educador debe desplazar sus conocimientos científicos o sexológicos de manera íntegra y es aquí donde educandos deberán incorporar tales conceptos, debido a que ya han sido cuidadosamente estudiados y experimentados por la ciencia. Sin embargo, tal como se explicó anteriormente, el ser humano no se educa por el simple hecho de recibir información ni cambia su pensamiento o actitud al escuchar teorías desnudas. El hombre genera, conserva o transforma modos de vivir o de pensar cuando percibe que es afectado en alguna parte de su ser por otro ser. Para que esto se vuelva posible es necesario que medie comunicación.
La comunicación no sólo debe ser participativa, si se toma el concepto de participación según Beltrán, como el efectivo ejercicio del derecho a emitir mensajes. Para que la comunicación sea verdadera y fluya, se hace prioritario ampliar este concepto por el de participación activa que implica tomar, tener y formar parte.
Mientras más participen los educandos en este proceso, más educación obtendrán, pues participar en el sentido amplio de la palabra implica involucrarse y esto lleva consecuentemente a mayor inclusión, dinámica y desarrollo de grupo.
Los supuestos “receptores”, los educandos, no sólo deben tomar parte de lo que se dialoga, además ejercer el papel de emisores, tomando la iniciativa muchas veces en la elección del tema a tratar, la forma de encararlo, desarrollarlo y concluirlo. Así el educador, supuesto “emisor”, deberá contar con el carácter necesario para ceder su rol diferencial a su grupo, ocupando muchas veces el lugar de receptor. Si bien el educador ocupara ambos roles, también deberá ejercer el papel de interlocutor central para coordinar el diálogo, permitiendo a su vez la interconexión entre sus pares. Esto dará lugar al intercambio de experiencias y al espacio para la diversidad.
Se hace necesario que el educador cumpla el papel del interlocutor central para evitar que la charla se desvíe en forma desmedida en algún momento, pero lo ideal es que el mismo sepa deponer su protagonismo en varias ocasiones. Así permanecerá como imperceptible, dándole al diálogo un carácter más libre, que permitirá la autonomía del grupo, donde todos se sientan pares.
El hecho de poder difundir y recibir mensajes genera una interconexión magnífica entre los presentes, lo cual permite construir y experimentar un modelo mucho más enriquecedor, en el que todos son alternadamente emisores y receptores y donde el diálogo fluye. Así el coordinador central cumplirá los mismos roles que sus educandos dándole una perspectiva de horizontalidad que permitirá crear un espacio donde todos se sientan escuchados, atendidos y donde aprendan, tomando cada uno lo que percibe como necesario para su vida.
Conocer al grupo meta permite comprender mejor sus expectativas, suministrar las herramientas que ellos creen necesarias obtener, entregar conocimientos que ignoran requerir y con ello hacer efectivo el diálogo para comprender adecuadamente la sexualidad y alcanzar así una sustancial educación sexual.
De todo lo antedicho se desprende que se hace prioritario acentuar que la educación sexual es un proceso comunicativo, donde la comunicación es la base de toda relación y donde la relación se crea mediante el diálogo que propicia la participación de todos los individuos, involucrando un proceso de múltiples interacciones comunicativas.
La educación sexual permite que los seres humanos sean protagonistas y tengan el poder en las decisiones que con conocimiento y libertad tomen sobre su sexualidad, comprendiendo con claridad lo que están eligiendo para sí mismos.

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