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Aborto

Por: Marcelo O´Connor (SEMANARIO REDACCION – TMO) (Fecha publicación:08/08/2006)

Mientras todos discuten, seguirá habiendo dos tipos de aborto: uno para pudientes, con todas las garantías profilácticas de la medicina, y otro para pobres, con sus secuelas de infecciones y muerte.

Según el código penal, desde 1922 el aborto de una mujer violada y discapacitada mental, no es punible. Si un acto no es punible, no necesita autorización judicial alguna. No obstante, una jueza retrasó el acto hasta que la ya inútil autorización lo volvió imposible. Por vía interpretativa, modificaron o no aplicaron una ley de fondo. Si este tipo de jueces, formados en el fundamentalismo religioso, predominan, llegaremos a ser una sociedad teocrática, al estilo de Irán. Con otro libro sagrado, pero igual de opresiva. Juristas de esta formación es el resultado de la destrucción del nivel académico y de las universidades confesionales, males que le debemos a Arturo Frondizi y Juan Carlos Onganía.

La Iglesia se opone al divorcio, a la homosexualidad, al aborto y a las prácticas anticonceptivas. A pesar de ello, todos esas cuestiones no solo existen desde siempre sino que hoy han salido a la luz y la sociedad las asume, tratando de considerarlas con cierta racionalidad. Hay un divorcio entre esas posiciones eclesiásticas y las prácticas de su propia feligresía. Se considera que la Argentina es un país predominantemente católico, a pesar de que los censos nunca han contabilizado a indiferentes, agnósticos o ateos y que en los últimos años han aumentado mucho los evangelistas de todo tipo. En este mismo país abundan, hasta en el último pueblito, los hoteles alojamiento por horas, se usan diariamente miles de preservativos y se calculan doscientas mil mujeres dedicadas a la prostitución. Demasiada oferta si solo fuera consumida por los no creyentes.

Es que se puede luchar y aún vencer al liberalismo o al comunismo, pero con la naturaleza siempre se pierde. Toda concepción totalitaria, laica o religiosa, ha pretendido dirigir la sexualidad de las personas, la que por su naturaleza vital, individual, íntima y privada, vive escapándose de sus cánones. Tiene tal fuerza que cuando se la reprime, por algún lado salta y no siempre de la manera más sana. Testimonios que podrían dar los obispos de Santa Fe y Santiago del Estero y cientos de curas al estilo del bondadoso padre Grassi.

La gente cree, equivocadamente, que frente a la cuestión del aborto hay desde siempre, o desde hace dos mil años, uniformes posiciones encontradas. Y no es así. Históricamente, el aborto no era delito en Grecia, donde Aristóteles lo admitía bajo ciertas circunstancias, ni en el Derecho Romano. Tampoco en los pueblos con alto grado de civilización, como en la india, Asiría, China, Egipto, Persia o Judea. En los pueblos primitivos, maltusianitas por instinto, era y es una práctica constante.

En la propia Iglesia Católica su posición oficial actual ni es tan vieja ni del todo uniforme. En realidad es así solo desde 1869, con la publicación por Pío IX, papa bastante reaccionario a quien la humanidad solo le debe el pionono, de la encíclica “Apostólica Sedis”. Antes de esa fecha la mayoría de los teólogos enseñaban que el feto no era un ser humano con alma hasta al menos cuarenta días después de la concepción, y para algunos más tarde. La problemática estaba en determinar cuando empieza la vida humana, cual es la naturaleza del alma y cual es su relación con el feto como cuerpo potencial.

Decía San Agustín: “La gran pregunta sobre el alma no se decide apresuradamente con juicios no discutidos y opiniones temerarias; según la ley, el acto de aborto no se considera homicidio, porque aún no se puede decir que haya un alma viva en un cuerpo que carece de sensación, ya que todavía no se ha formado la carne y no está dotada de sentidos”.

Santo Tomás de Aquino distinguía entre alma vegetativa, animal y racional, como un proceso de hominización retardada y no producida en el acto de la concepción. Por lo tanto, para él, el aborto era un pecado contra el matrimonio, pero no un homicidio.

Imagino que no se animarán a calificar como asesinos a estos doctores de la Iglesia, como con ligereza lo hacen con quienes pretenden despenalizar el aborto. Pero lo que indigna no son estas tontas acusaciones, sino que estos iracundos “defensores de la vida” no dudan, en la vida privada, recurrir con discreción a esa práctica cuando la afectada es la “nena”, al igual que divorciarse cuando las cosas no andan o seducir muchachitos si les da por ese lado. Sepulcros blanqueados, los llamaría un Jesús que tendría que romper muchos látigos en el templo. La hipocresía también es un pecado.

Más allá del caso particular y de la legislación vigente, el aborto, cuando es voluntario, ontológicamente, no constituye delito. Y en los otros casos, no es un delito contra la vida, sino contra la integridad física, que no tiene por qué ser objeto de una previsión independiente. Si fuera contra la vida, las prácticas anticonceptivas también serían delito y la masturbación, un holocausto.

Mientras todos discuten, seguirá habiendo dos tipos de aborto: uno para pudientes, con todas las garantías profilácticas de la medicina, y otro para pobres, con sus secuelas de infecciones y muerte

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